"Al chirrido de los insectos sale la luna el jardín oscurece”
Masaoka Shiki
Le Voyage dans la Lune 1902, Georges Méliès.
Es verdad que vieron a un anciano vagando por Luna. Cuando
llegaron apareció ante ellos tranquilo y apoyándose sobre un bastón muy alto. “He visto un bosque de vientos verticales que
soplaban al Sol. Está por allí” y se volvió señalando al horizonte negro.
Estaba tranquilo, ya digo, su cara parecía sosegada aunque
en tiempos fue un hombre atormentado, rígido y ansioso por convencer a todos de
la verdad, mejor dicho, convencer a Todos de la Verdad. Porque en él todo era
mayúsculo, máximo y superlativo. Pero desde que paseaba por la Luna le
desaparecieron las molestias.
Sus zapatos de cordones dejaban unas preciosas huellas en el polvo pero enseguida quedaban borradas por la tela azul que colgaba de su pantalón. Cuando se marchó sonó, casi imperceptible, el sonido de la flauta de Pan de un afilador.
El Olivo (2016), Icíar Bollaín
"Aquí nos hablamos en Morse. ¡Oye, qué curioso! cuando vienen nadie sabe. Punto, raya. Punto, raya...Nadie cose, lee, ni escribe, ni hace punto...apaga la luz" y todas las velas que no hay en la Luna se apagaron al instante, desprendiendo un agradable olor a tabaco rubio.
¡Qué sereno era su gesto! Había instalado miles de radios y transistores por toda la Luna. Así oía las noticias mientras se enjuagaba la boca con menta. Era una satisfacción enorme sintonizar una radio nueva. También instaló cometas y aviones y termómetros y barómetros..."Ha muerto", decía cuando se rompía algún aparato. Sin embargo, ya no sentía la necesidad de entonar un réquiem.
Señor entre muchos aparatos
“¿Os quedaréis mucho tiempo?”, preguntó a los visitantes. “Bueno, mientrasestéis aquí no espantéis a las avispas”, y se fue relajado y
sereno. Como si en la Luna hubiera encontrado todos sus objetos perdidos, como
si allí tuviera tiempo para todo y, lo mejor de todo, allí no tenía que
convencer a nadie de nada.
Había comprendido que la verdad no es importante, sobre todo
si era la suya. Y es que en la Luna hay menos gravedad....
Estará siempre en nuestros corazones. Era demasiado joven para dejarnos,
pero Dios tiene un plan diferente
Desde lejos se oía el griterío de las mujeres que lloraban al muerto. Hacía calor y la tarde era seca junto al mar. Cuantas más mujeres llegaban más moría el cadáver azul y bien vestido. Pusieron el ataúd en un saloncito al lado de una vitrina con vasos de vermú Cinzano.
Cincuenta mujeres llorando ¡Qué gritos! Las frases se repetían una y otra vez, y aquellas mujeres que nunca rezaron, rezaban como posesas y sabedoras de todas las letanías. Había que enterrarlo. Le pusieron el traje de novio con el que se encontraba muy guapo. Casi, casi como si estuviera vivo.
Nuestras más sinceras condolencias en tan delicado trance
Diez mujeres más, y cinco más. Los mismos ademanes, los mismos gestos. Y un extraño olor a tortilla de patata que amortiguó el olor a muerto que había en el saloncito. Una mujer serena –esa mujer serena y componedora que hay en todos los entierros- se afanaba en volcar todos los retratos del muerto que había en el comedor. El muerto vestido de comunión; el muerto vestido de soldado; el muerto con su moto…. Todos los retratos bocabajo.
Cien mujeres lloraban a gritos en ese velatorio. Todas las mujeres del mundo que saben llorar con auténtico espanto llegaron a esa casa. Por una tarde, toda la tristeza del universo se concentró en la acera de una calle inmunda donde estaban domiciliadas todas las posibilidades de la miseria. Bisbiseaban rezos mientras cabeceaban y cogían resuello para volver a llorar. Primero despacito para después –negando con la cabeza- gritar su propio horror aprovechando que lloraban al muerto.
Ora pro nobis, Sancta Dei Genitrix.
Al parecer, no era mal hombre. Así, visto con su traje, parecía que nunca se había enfadado. Así, sin expresión, parecía que nunca pegó a nadie, que nunca gritó o que nunca extorsionó el vientre de nadie. No era mal hombre, todo hay que decirlo. A lo mejor amó alguna vez y se apasionó por algo. Algunas decían que le gustaban mucho las habas con pan. Otras que los domingos bajaba contento con su moto a la playa. Sí, era buen hombre.
Otras veinte mujeres y sus lágrimas entraron gritando en el portal. Acababan de llegar de un viaje en tren y traían puesta la axila del revisor del tren en los mandiles. Estas decían que era buenísimo. Y es que era su muerto. Su gran hombre muerto. Por eso lloran mucho más que las demás, si esto era posible.
Adoramus te, glorificamus te.
¿Y qué si era un hombre bueno?, ¿y qué si el muerto era un perro rabioso? Estaba muerto y el olor a nardo antiguo lo mataba más aún.
En la playa empezaron los fuegos artificiales. Era fiesta en el pueblo. Las mujeres se secaron las lágrimas y fueron a bailar y a tomar un vermú mientras los hombres asaban pescado en las hogueras.
El cadáver se fue flotando entre las olas con su traje y sus nardos viejos. Cumplió como un buen hombre muerto.
En la
portada de aquel libro había una mujer semidesnuda. Sus manos estaban atadas con
guirnaldas de rosas a los cuernos de un toro grandísimo. Las rosas tapaban
candorosamente las partes pudendas de la doncella. Era una edición muy vieja
del libro Quo Vadis. El libro me daba
mucho miedo porque el toro era enorme y parecía un monstruo. Unos meses antes
de hacer la primera Comunión pregunté por qué esa mujer estaba atada al toro: “porque es una cristiana” me dijeron.
Hacia mayo más o menos, mediante el sacramento de la Comunión, yo también sería
una cristiana. Bastante más cristianas que antes. No pude leer ese libro.
Podría llamarse "Manual de adoctrinamiento simplón"
Me
confundió bastante el libro Manual de la Historia de España,
(1939). Constaba de tres partes y el título de la primera parte se llamaba
“España, Una”. A mí me faltaba un
sustantivo en el título: ¿una qué?, ¿una calle?, ¿una señora? No entendía nada
y aun así intenté leerlo. El capítulo denominado “España Una” se centraba en narrar
una conquista detrás de otra. Nombres, fechas y episodios de gente valiente con espadones corriendo por los campos. Un
aburrimiento. No pude continuar con la lectura aunque lo intenté. Por eso no pude enterarme de los otros dos capítulos que se referían a lo Grande que sería España después y, finalmente, el capítulo de la apoteosis de felicidad que trataba de la España libre.
Rasputín mirando fijamente mientras bendice
Una
mujer vestida con muchísima falda y velos aparecía en la portada del libro Rasputín y la Zarina, cartas de amor de
la última zarina. Detrás de la referida zarina, sobre fondo rojo y aire
fantasmal se dibujaba la cara temible de Rasputín. Una edición de 1.962. La
zarina se describe en el libro de esta guisa: “reclinada sobre un diván de terciopelo gris, en una gran habitación
tapizada de tonos gris y violeta, rodeada de flores blancas y cubierta ella
misma por un largo peinador de encajes sobre el que resalta el fino irisado de
su legendario collar de perlas...”. Esto es tumbarse en un sofá con gracia y
estilo.
La zarina sin recostar pero con perlas y velos
Confieso
que me gustaba la idea de verme rodeada de flores blancas, cubierta yo misma
con un largo peinador de encajes y con un legendario collar de perlas. Pero el
sueño se rompía en cuanto me veía en medio de las flores con mis gafas de
gobernante de la ONU (eso decían mis hermanos sobre mis gafas) y mis zapatos de cordones marrones. En la introducción del
libro constaba fehacientemente que Rasputín pervirtió la bondad de la zarina. No
entendí en qué consistía exactamente pervertir la bondad de alguien y doy fe de
que le di vueltas a esta cuestión. Ahora, mis ojos cansados no me permiten perder tiempo
en leer algo que no sea muy bueno. Pero amenazo con leer esas cartas. Prometen.
Laurel y sangre
Había
por allí una edición de 1940 de un extraño libro llamado Laureados. La introducción explica:
“He recogido para vosotros -queridos niños-
la historia verdadera y reciente, cuando la tierra está mojada todavía por la
sangre, y no cicatrizaron las heridas y las trincheras permanecen aún abiertas
en los campos….”.
Después
explicaba por qué la sangre no estaba aún reseca y dedicaba un capítulo a las
hazañas bélicas de cada uno de los cincuenta señores laureado. Las
ilustraciones son fascinantes. También intenté leerlo a mis diez
años pero la cuestión de la sangre -bien fresca o bien reseca, según el caso-, me confundía mucho y lo dejé.
Las manos de Humprey Bogart
Conservo todavía ejemplares de ediciones de aquellos años: El Libro de la Selva (1.964), Tratado de Taquigrafía Castellana (1.883), Las Recreaciones Científicas (1893), Discursos de Castelar (1.874), etc. Siempre pensé que tuve una niñez normal. Sin embargo, las habitaciones ocupadas por libros pesados, las mesas pequeñas con libros apilados, todos estos objetos me hablan de una infancia diferente y buena. Los libros siempre fueron la mejor herencia. Bueno y también un curioso marcapáginas hecho con un paquete de tabaco Bisonte.
La gente quiere una vida ficticia y los personajes ficticios una vida real.
Woody Allen La rosa púrpura del Cairo, 1985
Era una mujer normal. Muy normal. Sin embargo el carnicero
la miró como si anduviera desnuda por la calle. En su mirada brillaban a
partes iguales un deseo impostado y la acusación. “Te acuso de gustarme. Te acuso de ser atractiva. Te acuso de que yo
entiendo que estás a mi disposición. Te acuso de no encubrir tu atractivo y de provocar que yo te mire”
El carnicero había salido a
fumar fuera del mercado y, apostado en la esquina, vio pasar a la
mujer normal. Cogía el cigarro con los dedos pulgar e índice, como aquellos
hombres entecos que imitaban a un gánster. La mujer normal entró en una floristería cercana y el humo del cigarro del matarife la
persiguió hasta una barricada de cáctus. ¡Qué contenta estaba porque un
hombre de verdad la había mirado!
Kim Novak Vértigo (1959) Alfred Hitchcock
La mujer normal era de
plástico y llegó a la casa de un hombre metida en una caja en cuya etiqueta se
leía en varios idiomas: “Adelaida.Frágil. No exponer al calor”. Ella –Adelaida-
dormía plegada en su caja sobre una placenta de trocitos de corcho. Cuando el
hombre empezó a inflarla Adelaida no se dio cuenta de que estaba desnuda. Su
relación con el dueño era esporádica. Ella vivía detrás del armario del
dormitorio del hombre quien respondía por el nombre de Manuel Jesús. Cada
cierto tiempo, Manuel Jesús le ponía a Adelaida un gorro de papá Noel y
encajaba su trozo de carne entre las piernas de ella. Lo único que realmente preocupaba
a Adelaida era que el hombre la dejara de pie detrás del armario para que todo
aquello cayera al suelo. Sabía que su plástico podía pudrirse: “manténgase limpia y seca”, decían las
instrucciones, y ella era muy consciente de que la humedad podía dañarla.
Un día Manuel Jesús la
puso en un sofá del salón y después de realizar sus inefables ejercicios quedó dormido viendo
una película que le aburría mucho: Annie
Hall. Adelaida, quien siempre tenía los ojos abiertos, vio esa película en la
que aparecía una mujer vestida. ¡Una mujer vestida! En ese momento sintió en su
plástico la esencia del erotismo. A partir de la imagen de Dyane Keaton con
su sombrero no pudo dejar de soñar con ropa. Esa noche entendió lo que sentía Manuel
Jesús y empezó a soñar con hombres hinchables tales como Woody Allen. Sin
embargo intuía que debían existir otros hombres distintos a Woody Allen y a
Manuel Jesús. Hombres hinchables que la miraran a los ojos con deseo de hombre normal.
Dispuesta a conocer a esta nueva especie humana, empezó a robar ropa del armario
del hombre de la casa. Y un día, vestida con un pantalón, una camisa y unas
gafas de sol, salió a la calle.
Diane Keaton en Annie Hall
Woody Allen, 1977
.Allí estaba el carnicero que
fumaba en la esquina. Su plástico se hinchó un poco más cuando inhaló el humo
del cigarro de ese hombre con el delantal manchado de sangre. Y, atraída por la
incomparable sensación de peligro, sin pensarlo, se dirigió a una floristería
para pasearse entre los cáctus. Su ropa la protegería de los cáctus y, si se pinchaba, no quedaría
desinflada como una bolsa del mercado en medio de un paso de cebra.
Salió a la calle en más
ocasiones para revivir la fabulosa experiencia de un hombre mirándola cuando
ella estaba vestida. Y, en efecto, volvió a experimentar la mirada de un
repartidor de cerveza que miró sus caderas, por lo que Adelaida se sintió muy contenta y, dada su inocencia de
caucho, pensó que el pantalón le quedaba tan elegante como a Annie Hall.
Un perfumista la miró en sentido ascendente y descendente sucesivamente y ella
pensó que al hombre le gustaban sus bonitos zapatos. El dueño de unos
ultramarinos empezó a silbar y a cantar cuando la vio, quedando ella absolutamente
fascinada por tan bello sonido. Sin embargo, Adelaida había observado un extraño
fenómeno que le hacía preguntarse por qué inmediatamente después de mirarla los hombres se
miraban entre ellos con más deseo aún del que la miraban a ella: “los hombres de plástico deben ser
homosexuales. Se atraen mucho los
unos a los otros” pensó Adelaida, la mujer normal hinchable.
La mujer de plástico volvía a
casa, se desnudaba y se guardaba a sí misma cuidadosamente detrás del armario de Manuel
Jesús ocultando esa gran conquista que era su ropa. Aún no sabía que le quedaba
todo un estadio evolutivo para la otra gran conquista: su palabra.
Me
duelen los hombros porque los tengo encogidos. Una masajista que parecía una
bruja me dijo que la energía del hombro derecho repercute en la cadera derecha y
viceversa. Su cara oscura apenas asomaba entre su pelo negro y rizado y sus manos huesudas
parecían venir de agitar un manojillo de falanges en las orejas de un muerto. Mientras
me arrancaba los músculos, los sacudía y los volvía a poner en su sitio, me
daba una lección de anatomía mágica.
Bruja muy digna entrada en años
Una bruja, parecía una bruja salida de un
cuadro con bata blanca de fisioterapeuta. Amasó mis nudos, escudriñó en mi
nervio ciático sin ninguna piedad y me dijo que tenía nudos en el cuello. Pensé que a lo mejor esta mujer me dejaba el aura como los chorros del oro. Con
su voz grave, ronca y pausada no paraba de hacer preguntas y yo, mientras ella
comprimía y descomprimía mi tórax apoyando todo su peso en mi espalda, no quise
componer mentiras educadas para mis respuestas. Así que no contestaba.
Me decía
modos de vida que debía adoptar a partir de ese día y yo asentía con el firme
propósito de no adoptar ninguna de sus pautas. Supongo que quería aplicar su
quiropráctica también en mis costumbres. Tuve agujetas durante dos días. Me
sentó bien el masaje tortuoso. De eso se trataba.
Ocho brujas en pleno condumio
Esa voz
me recordó a una mujer que conocí en una sala de espera helada y a la que debía
escuchar por razones laborales. Qué frío hacía allí. Hablaba y hablaba. Cuánto
habla la gente. Debe estar muy sola la gente. Después de hora y media esperando
y sin que la señora cesara en su discurso, me cogió la mano helada. La abrió
como si abriera las alas de una paloma de nieve con sus manos muy calientes.
Mientras me miraba me decía: “usted
morirá muy muy pequeñita. Meciéndose en una mecedora y abrazada a una muñeca”
y muchas más cosas que, bien pensadas, podrían ser estremecedoras. Cuando llegué
a casa les dije que no se preocuparan por mí hasta el día en que me vieran
coger una muñeca con especial cariño. Sería un honor morir como Ursula
Iguarán en Cien años de soledad. No he
vuelto a ver a esta mujer y tampoco tendría mucha paciencia para aguantar sus
larguísimas quejas.
Amenazantes brujas cocinando extrañas pócimas
Sí, he
conocido a algunas brujas. Aquí solo hablo de dos. Pero he visto a muchas más y
todas coinciden en algo: tienen la voz suave y las manos calientes.
Hoy
solo he hablado con dos personas y una de ellas es muda. La otra persona se
llama Brayan y es camarero. Todo el mundo le llama así en su cafetería. “Brayan, por favor, un café con leche”.
La verdad es que no sabía si lo estaba llamando o insultando. Se compone Brayan
el pelo hacia adelante por los lados y hacia arriba por el centro de su cabeza.
Un elaborado peinado que adorna con una sonrisa segura. No sé cómo alguien
conforma tanta seguridad llamándose Brayan. Cuando las chicas lo nombran el
camarero se crece dentro de su escasa altura. No puedo evitar envidiar su
bienestar de hombre pequeño en una seguridad grande con camiseta de tirantes.
Después
y por casualidad he sabido por qué este chico sonríe abiertamente mirando a la
vida por encima del hombro. Al parecer, Brayan recogía aceitunas este invierno
y manejando unas pinzas se cortó dos falanges. Su empleador le dejó sin empleo,
sin dedos y sin aceitunas. Creo que los olivos elevaron su protesta verde y
sorda pero aun así los tres hijos del joven Brayan dejaron de beber leche y
cacao otro mes. Hasta que ha encontrado trabajo en el bar y los niños desayunan
y hasta cenan cosas ricas.
Todas
las chicas que entran al bar son iguales. Tan iguales como siempre han sido las
chicas a su edad. Cuando entran en la cafetería, miran al camarero y les invade
una risa incontrolable solo por ver al camarero de los dedos rotos. ¡Ese
peinado…! La imagen de Brayan delante del espejo cimentando ese encofrado produce
ternura maternal para mí y supongo que deseo inconsciente en ellas. Entre todas
juntan los céntimos para pagar los cafés y se lían con las monedas, se ríen, se confunden, se
vuelven a reír, cuentan las monedas, se siguen riendo. Qué bien me lo pasaba yo
cuando era así y qué pesada tenía que ser para quien estuviera en la barra de
cualquier cafetería viéndome pagar un café con mis amigas y toda la risa del
mundo.
Pues
sí, Brayan les gusta. Inexplicablemente, se sienten atraídas por un chico con
una vestimenta adherida a las siete capas de su piel. Les atrae un muchacho con
madurez prematura que huele a cosmético de cuarto de baño con superpoblación
femenina. Un hombre no puede oler así. Recuerdo a un hombre que me atraía pero que
olía a un desodorante que se llamaba Tulipán Negro. Cuando me acercaba a él y
olía el Tulipán Negro sentía que estaba bajo la axila de su madre y se me encogían
las ilusiones.
Y
Brayan tiene pinta de oler a la colonia de su madre mezclada con el intenso olor
del suavizante de la ropa. Es decir, Brayan huele a mimos, a cuidados excesivos
y a papillas blancas aún sin digerir. Las chicas se ponen el pelo hacia
delante, después se lo colocan hacia atrás; otra vez el pelo hacia delante, se
ríen, vienen, van. Al camarero le gusta, como no podía ser de otra forma, la
chica que tiene más formas. Las otras dos guardan inocentes esperanzas sin
captar aún que todo se reduce a una simple cuestión de volúmenes. No saben que aunque
Brayan dibuje cara de pensar, no piensa nada. Nada de nada. “¿Qué te debo?”, le
digo, “Uno veinte” me dice él. Este ha sido su máximo cálculo esta mañana. El
café estaba bueno.
Por cierto,
el señor mudo, el otro hombre con el que hablé esta mañana, me dijo que su
hermano había muerto de una embolia repentina y que no hacía falta que fuera al
entierro. También me dijo que me dará unas hojas de los lirios que tiene en su
patio para ponerlas en agua. ¡Qué bien!
"¿Nunca os habéis cruzado con alguien a quien
no deberíais haber puteado ?... Ese soy yo" (Gran Torino, Clint
Eastwood, 2009) Tres mujeres muertas en cuarenta y ocho horas en un solo fin de
semana. Los homicidas usaron en dos casos armas blancas y en el último caso la
mujer falleció a causa de los golpes. “Matar
a un hombre es algo despreciable. Le quitas todo lo que tiene, y todo lo que
podría llegar a tener.”, (Sin perdón, 1992). Ana María Enjamio tenía
veinticinco años. Regresaba de la fiesta navideña de su empresa y el hombre
cuya relación había zanjado la misma Ana María la apuñaló hasta la muerte. Fue
encontrada en el portal de su casa en medio de un charco de sangre. “Eres una mierda, y a una mierda sólo le pueden
ocurrir dos cosas: que la pisen o que la recojan con una pala” (El
Sargento de hierro, 1986). Ana María había construido un futuro prometedor y
fuera cual fuere su futuro real, ella ya había edificado una expectativa feliz
para sus días.
La joven de
nacionalidad rumana E.M.M. recibió al menos entre cinco y seis puñaladas en el
salón de su vivienda, una de ellas en el abdomen, tres en el tórax, por la
parte posterior y una en el cuello. Elhomicida se dio a la fuga. “Alguien
dejó la puerta abierta y entraron los perros equivocados en casa” (Infierno
de cobardes, 1972). Si no es la ley debe ser la ira, emoción legítima que debe
ser controlada para ejercer una buena defensa frente a la costumbre de
matar a mujeres desobedientes. Los hombres que matan a sus mujeres se sitúan en
un plano superior de detentación y se consideran investidos de la facultad de
castigar la desobediencia. No matan por desamor, ni por un insano sentimiento
de justicia, matan para castigar la desobediencia. Esa perversa obediencia
implícita que se exige a las mujeres mediante actitudes, acciones u
omisiones,cala los huesos de las
costumbres sociales. "Por
encima de todo, protégete a ti mismo", (Million Dollar Baby, 2004)
En
Alicante fue grabada por las cámaras de seguridad la humillante paliza a una joven en la
que se veía como el maltratador la tiraba al suelo y la arrastraba. La víctima
continúa negándose a declarar porque padece miedo fundado a que su pareja le agreda de nuevo. “Morir no es
forma de vivir” (El fuera de la ley, 1976). La rebelión se empuña y se
ejerce. Los minutos de silencio y los aplausos de después son encomiables como
gesto pero ineficaces para quien mata apuñalando, golpeando o incendiando a la
mujer que posee. No son suficientes las camisetas con mensaje, ni el encendido
de velas "Prepara tres cajas,
dijo mirando al enterrador del pueblo” (Por un Puñado de Dólares, 1964) Es
necesario mejorar con preparación, estudio, formación y valentía más que nada
porque resulta increíble cuánto enfada a un maltratador que su mujer –algún día
debió escriturarla- le supere."El mundo se divide en dos, Tuco: los que
encañonan y los que cavan. El revólver lo tengo yo, así que ya puedes coger la
pala" (El bueno, el feo y el malo, Sergio Leonne, 1966)
Estoy pintando un bisonte grande. Me gusta el tacto de la sangre en los dedos; calentarla entre mis manos y después, poco a poco, untarla en el techo de piedra. Mis hijas, Admira, Oleada, Altamira y yo pintamos todos los días. Algunas veces no podemos pintar porque retiramos los restos de carne que hay en las pieles de los animales. Secar las pieles es muy trabajoso pero abrigarnos con pieles es como abrigarnos con la memoria de la hierba que comieron los animales cazados. Las niñas y yo dormimos envueltas en enormes pieles de bisonte. Pasado un rato, los sueños de la manada se nos duermen en las manos y por la mañana solo tenemos que pintar sin más.
Antes de dormirnos miramos al techo de nuestra cueva y decidimos entre las cuatro qué vamos a pintar en cada hueco, en cada protuberancia y cómo lo pintaremos. Nuestras cuevas son preciosas. Y los deditos de mis niñas son también preciosos, con su precisión tan ingenua y acertada. Todo lo que pintan es increíblemente exacto y nuevo.
La madre de mi madre -que se llama Gloria- es una anciana que también pinta en la cueva. Gloria tiene las manos pequeñas y los dedos huesudos. El frío ha deformado su cuerpo y sus brazos no alcanzan el techo. Sin embargo, cuando las niñas alumbran la pared quemando tuétano de huesos, las manos de la anciana Gloria se estiran mágicamente pintando de color rojo bisontes que se mueven. Altamira pinta manos por las paredes. Un día todas apoyamos las manos en la piedra y ella pintó los perfiles de cada una en la pared. Es nuestra firma.
Soplamos carbón a través de huesos huecos para difuminar nuestros dibujos y para pintar siluetas. Fabricamos colores con sangre, tierra y carbón. Hacemos nuestros pinceles machacando juncos o ramas por los extremos hasta conseguir delgadas hebras vegetales. Y todo nos sirve para pintar.
Gloria, la madre de las pintoras, pintó hace años una cierva enorme. Ella la llamaba `la madre del mejor ciervo´. Cuando cazamos con los hombres traemos los animales muertos y sus últimos recuerdos se nos quedan en los hombros. Los animales muertos cuentan su historia con sus cicatrices o con la ausencia de heridas. Y todos, todos, infunden un profundo respeto tan pesado como su peso muerto. Todos poseen esa postura indescriptible de la dignidad absoluta. Por eso los pintamos.
Hemos pintado estrellas y lunas y hemos pintado ciervos llorando. En el futuro se entenderá que cuando Gloria pintaba con sus manos pequeñas bisontes corriendo, estaba pintando nuestra admiración por los compañeros de nuestra vida.
Los artistas preshistóricos podrían haber sido mujeres.
Según la publicación National Geographic, el arqueólogo Dean Snow analizó las huellas de las manos encontradas en ocho cuevas de Francia y España. Tras comparar la longitud de algunos dedos, ha determinado que el 75% de las huellas eran femeninas.
Los expertos determinaron, sin plantearse otra opción, que los autores de las pinturas rupestres eran principalmente hombres. Seguramente porque las mujeres solamente ejercían como meras mamíferas observadoras de su arte.
Sin embargo, en la documentación que encontramos sobre Altamira siempre se escriben textos como los siguientes, en los que no se cuestiona que fueron hombres los pintores. El lenguaje es muy elocuente:
“El descubrimiento de la cueva de Altamira suscitó una fuerte polémica entre los arqueólogos, ya que no creían que los hombres prehistóricos fueran capaces de hacer unas pinturas tan perfectas”
"La utilización del relieve en el techo para expresar mayor realismo es una característica del pintor de la Cueva de Altamira"
"....los medios que posee el hombre desde el Paleolítico superior para forjar símbolos orales realizables manualmente.»
"El Poder (notarial) otorgado por mujer soltera que luego se casa, carece de validez. Si mujer soltera otorga Poder a Procurador para pleitos, si después se casa, no es válido este poder para iniciar el pleito después del matrimonio"
Así lo entendía el Tribunal Supremo en 1961.
¿Por qué no era válido este documento?, porque después del matrimonio, la mujer soltera ya tenía un marido que debía concederle su permiso y su supervisión para que la esposa recién escriturada pudiera acudir al juzgado para defender sus intereses.
Si la mujer permanecía soltera podía acudir al juzgado mientras no tuviera un señor que la tutelase. Ahora bien, debo indicar que en muchas ocasiones el abogado, incluso el juez, consultaba al padre de la mujer soltera para asegurarse de que su propósito estaba respaldado por una infalible figura masculina.
Es más, ellas mismas adoptaban un `paterfamilias´que las tutelase y hablara por ellas. La rebelión no se pide, se empuña.
Las hermanas Emile y Christine Papin. Había una tercera hermana
que fue monja en un convento
Las hermanas Emile y Christine Papin fueron empleadas dosméticas durante siete años al servicio de la familia Lancelin perteneciente a la burguesía francesa. A comienzos de 1933 las dos hermanas asesinaron a la señora Lancelin y a su hija de una forma horrorosa. La revista Les Temps Modernespublicó en 1964 el informe del doctor Le Guillant quien describió el caso detalladamente.
El escritor Jean Genet se inspiró en este suceso que conmocionó Francia para escribir su magistral obra de teatro Las Criadas. Recomiendo leer esta obra breve de teatro. En Las Criadas la lucha de clases sociales se convierte en odio y la envidia en patología. Clara y Solange –las criadas de Genet– son los personajes con que Genet emula a las hermanas Papin.
Jean-Paul Sartre afirmó sobre esta obra que, "para Genet el ejercicio teatral es demoníaco; la apariencia, a punto de hacerse pasar por realidad, debe revelar sin cesar su irrealidad profunda. Todo debe ser falso".
El propio Jean Genet escribió en el prólogo de la obra: "Malditas o no, estas criadas son monstruos como nosotros mismos cuando soñamos esto o aquello. Yo voy al teatro para verme en escena tal y como yo no sabría verme o soñarme y sin embargo, tal y como sé que soy".
Cada párrafo de Las Criadas puede ser una disertación portentosa sobre la ira. Después de leer este libro, he transcrito las frases que expongo a continuación, junto al nombre del personaje de la obra. En estas frases subyacen el conocimiento de la envidia, la poética del odio, o la estética furiosa de la humillación. Me ha recordado demasiado al teatro furioso de Francisco Nieva. ¿Quién fue primero? Por otra parte, hace tiempo que sé que ya no volveré a leer sin tomar apuntes. Estas son las frases.
"Hay que reírse. Si no, la tragedia hará que nos escapemos por la ventana" Clara
"Mi chorro de saliva es mi diadema de diamantes". Solange
"..Y sobre los claveles y las rosas es imposible -como dice el señor-, no descubrir un pelo de una u otra criada". Clara
"Quererse en la esclavitud no es quererse" Solange
"El bajo de mi vestido algún día estará cuajado de lágrimas nobles". Clara
"La señora se creía protegida por sus barricadas de flores" Solange
"El blanco es el luto de las reinas" Clara
Existen numerosas crónicas del crimen en las que se describe el suceso con todo lujo de detalles. Para después de la lectura del brutal suceso se recomienda visualizar esta escena de la primorosa Doris Day.
A mi querida María Merlo. Siempre fuiste muy elegante
Obra de Rene Magritte
Homesickness, (1940)
“Déjame ir.
Inyéctame dos dosis”, dijo Rosa con tranquila firmeza al enfermero que le
inyectaba la morfina de las diez de la noche. No había pena ni súplica en su
voz, tan solo una serenidad que congeló la inyección. Esperaron media hora hasta que llegó una nueva dosis. “Siéntate
y deja que te cuente cosas agradables” En la Unidad del Dolor había enfermos
que contaban cientos de horrores ciertos. Para el enfermero Eliades era más
violento escuchar a Rosa que oír cualquier horror envuelto en sangre, bilis y
lamentos. Y es que Eliades no sabía escuchar los verbos del placer. Durante sus
estudios había empleado demasiado tiempo en entrenarse para comprender a los
más débiles y poco tiempo en saber recibir la sensibilidad de los más fuertes.
“Siéntate conmigo, Eliades”
“¿Alguna
vez te has bañado en leche?”, le dijo Rosa nada más tomar asiento. Pobre Eliades, tan encuadernado, tan
pulcro, tan guiado y tan incardinado. Pobre Eliades, tan correctamente incorrecto pero sin vida sobre los hombros. Pobre Eliades, tan dirigido, tan educadamente
maleducado. Apenas una frase disonante y toda la frágil cimentación de su moral
de saldo, cayó al suelo como si fueran las canicas de un niño que no jugó con
barro. El pobre Eliades no encontraba el aplomo necesario en su yoga ni en su
meditación. “No, Rosa. Prefiero el plato
de ducha”. Así expuso el enfermero su previsible cortedad. Las carcajadas
de Rosa se oían en la planta donde ya dormían todos los pacientes.
Las células necrosadas de Rosa reían
contemplando las contorsiones morales de Eliades quien, quería escucharla
porque se tenía por inteligente, mientras su corazón se estremecía de pudor y
vergüenza. Era un enfermero comprensivo y paternal que se había acomodado en
consolar a los enfermos sufridores con cariñosas y melifluas palabras de ánimo.
El personal de la Unidad del Dolor sonreía a los enfermos agonizantes con iluminada
comprensión en sus ojos. Esas sonrisas hospitalizadas y
hospitalarias irritaban mucho a Rosa. “Si te pones empática saco la daga que tengo bajo el colchón”, decía al
oído de una enfermera especialmente solidaria. “¡Ya están aquí las Hermanitas de la Caridad Emocional!”, gritaba
cuando la visitaban un psicólogo y una animadora social.
Not to be reproduced (1937)
Eliades no quería abandonar a Rosa sufriendo un
dolor desmedido. Miraba como Rosa reía mientras el dolor la torturaba y la
confusión comenzó a saber dulce. Rosa era al mismo tiempo guapa y fea,
delicada y áspera, inteligente y sin sentido común.
“¿Alguna
vez te han acariciado las piernas decenas de peces? Bajo el agua, la apnea se alarga cuando
te vas con ellos y su cuerpo frío pasea por tus brazos” A
Eliades solo le gustaba la playa para ver atardecer. “¡Qué limitado!” dijo Rosa riendo. “Es como ir al teatro para ver solo el final de la función”
“¿Recuerdas
el paso lento de una gota de aceite cuando cae por la espalda?” Eliades no podía recordar lo que no había
vivido. Intentaba hacerse un hueco en la conversación y contarle a Rosa que había practicado meditación en Camboya y que usaba mucho sándalo en su apartamento. Pero
Eliades nunca pensó en inventar sus propios placeres. “Hijo, tú tienes placeres de catecismo”, dijo Rosa mientras fumaba sin
esconderse su prohibidísimo tabaco rubio. Rosa hizo que un celador consiguiera para
ella un cenicero de alabastro antiguo –la cabeza de un fraile- que había visto en
el despacho del director del hospital cuando hizo su ingreso. “¡Es un placer fumar aquí!” dijo al
celador.
Bather, (1925)
“¿Has
comido granadas de las manos de otra persona?” Eliades nunca comía granadas. “¿De verdad?, ¿nunca has destrozado
una granada y te la has comido como los niños chicos?” A decir verdad, el enfermero
de la Unidad del Dolor jamás había visto esa fruta. “¿Y no has lamido un buen Armagnac en la cara de tu amigo?”, “No, Rosa. No me gusta el cognac”.
Después de aclararle la diferencia entre cognac y armagnac, Rosa tuvo la
tentación de sentir piedad por Eliades, pero ella ya no tenía tiempo para la piedad.
Sabiendo que el enfermero sentiría el mismo
vértigo que en la más perversa atracción de feria, Rosa invitó a Eliades a no
inyectarle la morfina de las diez. Pasó poco tiempo cuando el dolor ascendió enorme y enamorado
de sí mismo. Un mar de dolor descomponía cada vez más la fuerza de Rosa quien
se aferraba a la espalda de Eliades. El enfermero -como improvisado notario del
dolor-, comprobó en sus muñecas moradas la fuerza del dolor físico. Rosa envió
su dolor por los senderos de una rabia sin estrenar y se permitió decir a
Eliades justo aquellas certezas que nadie soporta sobre sí mismo.
Habían pactado que él aguantaría las palabras,
los gritos y la fuerza de Rosa hasta que médicamente fuera imposible soportar
el dolor. “¡Han inventado tu vida por ti
y eres tan tonto que crees que es tuya!”. Eliades quería saber todas aquellas
evidencias sobre sí mismo que nadie le diría nunca. Al inmenso dolor de Rosa
se sumó pronto el dolor de Eliades quien estaba encajando golpes que dejaron sin respiración el estómago de su
autoestima. Frases hirientes, verdades
punzantes y ese descarnado dolor que uno siente ante ese espejo en que le crecen pústulas a la vanidad. Después del exorcismo, Rosa y Eliades quedaron
dormidos bajo los efectos de la misma medicina.
Cuando Rosa despertó, Eliades estaba esperándola
con hematomas en los brazos y con la sonrisa de una gratitud inmensa por tanta
generosidad. “Rosa –le dijo- hoy he probado la ensalada de manzana con
agua muy fría. Tenías razón. Es estupenda. ¿Quieres comer un poco?” Y
extendió las manos rebosantes de trozos manzana y de las que caía agua helada y dulce en el camisón de Rosa.
Ella tomó con la boca un pequeño trozo de manzana. Una buena forma de comenzar el
día más humilde de sus vidas. Era madrugada, se oían los últimos acordes de aquel blues.
Freedonia
It´s gonna fine
"Yo te gusto -continuó ella-, por el mismo motivo que ya te he dicho, he roto tu soledad, te he recogido precisamente ante la puerta del infierno y te he despertado de nuevo"