lunes, 3 de agosto de 2015

La mendiga




Debajo del inmenso cartel de Coca Cola que presidía una curva de la autovía, la mendiga había asentado su chabolo. Cuando salió de la cárcel no encontró a su familia. Sin embargo, no sintió angustia por la soledad. Viviría sola, como siempre, pero sin paredes y sin techo. ¡Sin paredes! Ahora nadie podría atrapar su intimidad bajo puertas con cerrojos. Tendría el Sol para ella sola todas las mañanas.

No tardó en localizar una cafetería donde un muchacho negro hacía un café estupendo. Allí compraba sus dos manzanas diarias y su café. La indigencia no la hundió en la indigencia. Después del café, se peinaba y se lavaba la cara con un jabón amarillo que olía a limón. Su jabón, su espejo, su manta y una radio eran sus grandes pertenencias bajo el cartel de esa universal gaseosa misteriosa.


Algunas noches, antes de cerrar la cafetería, el camarero añadía a su bolsa dos magdalenas que ella guardaba para todo el día. Una noche de verano el camarero la siguió hasta el pequeño campamento bajo el cartel anunciador. Se sentó con ella y abrieron unas cervezas: “¿de dónde eres?”, preguntó ella “de Madagascar” dijo él. Esa noche cenaron cerveza con una bolsa de pipas y, para celebrarlo, liaron dos cigarros. A él tampoco le gustaban las paredes y los techos. Después de unas horas sintiendo las ratas correr bajo las malas hierbas, él preguntó: “¿no te dan miedo las ratas?” y ella dijo: “No. No tengo miedo. ¿Te quedas a dormir o te llevo a casa?”

El chico de Madagascar se tumbó junto a ella y le contó que conocía una piscina muy grande donde irían a bañarse al día siguiente. Y le enseñaría un parque con pájaros rarísimos que viajaron con él desde África. “Y después, te llevaré a ver el mar”.


                    

lunes, 13 de julio de 2015

La mirada que golpeaba en el bolsillo

Relato escrito sobre los términos "obsidiana", "bolsillo" y "anticuario" para la presentación de Relatos Cortos el día 31 de Julio de 2015 en Café con Letras de Valdepeñas

Una mujer que no podía llorar calculaba su dolor entre facturas y albaranes de entrega con la mención “Fragilísimo” Compró objetos de madera que olían a casa acogedora; compró el perfume de una alcoba con tormentas y compró un collar con emociones rojas y blancas que le reflejaban serenidad en la cara.

Pero no podía llorar. Había roto la pieza de arte más valiosa que nunca había visto y aun así no lloraba. Acababa de arrojar al suelo unos ojos limpios que –según le dijo el anticuario- habían pertenecido al Caballero de la mano en el pecho. Había comprado la mirada de la ternura investida por la virilidad. Compró la mirada noble del sexo y sólo ella había apreciado el valor de esa antigüedad.


Cuando salió de la tienda guardó los ojos en el más hondo de sus bolsillos. Justo en ese hueco donde golpean las olas de la tela cuando se mueven las piernas. Caminó mucho tiempo con la mirada del Caballero guardada en su bolsillo. Recorrió hermosos parques donde había músicos alegres que la invitaron a bailar. Y la tela se movía y los ojos se movían. Precisamente en ese momento en que bailaba con un mimo poco entrenado y que sólo quería unos duros, se derramó una pequeña botella de ginebra que manchó el bolsillo, el pantalón y los ojos que tenía guardados.


En casa colocó los preciosos ojos del Caballero en un lavabo de obsidiana que ninguna empresa de mudanzas quería trasladar. Esa noche la despertó dulcemente un leve olor a ginebra. Allí estaban los ojos limpios mirándola de tal forma que ya no pudo respirar, ni reír sin antes examinar la mirada del Caballero de la mano en el pecho.

Bajo los efectos de una bebida burda que no conocía aromas de sutileza tiró los ojos al suelo. La mirada se rompió en el aire antes de terminar la caída porque había implosionado antes de dolor. No pudo llorar, ni emocionarse por mucho que intentó volver a bailar con el torpe mimo del parque. Compró otras antigüedades de gran valor tales como una lámpara de la oscuridad, unas sábanas de seda china y hasta un perfume de alas de águila que, cuando se lo puso en el cuello, hubo gente que pudo oler susurros de hierba muy cerca de sus oídos. Pero en ninguna tienda, ni siquiera en las más escondidas y exquisitas, pudo comprar la dulzura del llanto.



jueves, 2 de julio de 2015

Apología del calor



A pesar del calor antirreglamentario y con varios cangrejos pinzados en cada hombro, cada día acude a cumplir con sus deberes quien tiene deberes y quien siente que los tiene. Calor que pesa y sobrepesa los asuntos, las cosas y los números. Calor que resta la energía a los honestos y que apaga la luz de los siniestros. Calor que suma tensión a las palabras y suma personas a las colas que hace la gente sobre todo cuando más calor hace. Asfalto deslumbrante que despide a los prudentes hacia las madrigueras. Campos amarillos que irritaron a Van Gogh. Porque no era alegría sino la más chirriante irritación lo que sintió Van Gogh frente a los campos de trigo.

Medusas pegadas a la espalda de los trabajadores de la playa que trabajan para la sombrilla y todos esos pertrechos que componen un aburrimiento tan vulgar como caro.
Calor que muele los propósitos y paraliza el futuro en un presente mediano y soportable con un libro a altas horas, la radio y tabaco. Mientras desfilan los borrachos que abandonan fiestas lejanas, al calor de la noche lo cronometra un reloj blando de Dalí que nunca terminará de entender el tedio de los minutos. Frida Kalo pintó sus dolores en verano; el cineasta Kievslosky imaginó su Trilogía de colores en verano y, a lo mejor, el big bang sucedió un verano.

Calor que huele a toldo y canela. Calor que humea en ventanas negras. Calor que arde llano y extenso donde nada se levanta salvo la tristeza de las espigas. Calor de entierro a destiempo. Calor de boda exagerada; boda con alfombra roja y beatas negras; boda con tafetanes que suman grados a todos los termómetros. Verano de bodas con rumbas y sevillanas que saben a caramelo antiguo y a mantilla remendada.

Calor de alcohol con sobregraduación. Sangre espesada, lengua pesada, piernas de plomo. Alcohol caliente con hielo barato menos frío que el hielo legal. Música mediana que repite las notas hasta el exterminio con metralla de todas las melodías. Verano enlatado del que huyen los sensatos. Esa estirpe de gente que usa elevado factor de protección solar y social y que se retira a ese otro calor de las películas antiguas mientras la noche transcurre sin su nombre. Retirarse a la bendición de la soledad donde el calor acompaña y la fruta muy fría calma la piel sobreexpuesta.


Veranos en que se resuelven asignaturas pendientes. Son esos meses en los que estudiar implica una cura de soledad en que el amor propio regresa justo cuando se compone el silencio total. Nada se oye en las noches de verano en paz, salvo ese ensayo del susurro en que habla la gente que pasea a deshora. La gente que emigra de lo social lleva el kit de supervivencia imprescindible para el verano: libros, música, agua y silencio. Y es que el calor, sobre todo si se pronuncia en olas, es una tempestad más para la que no hay paraguas. 


Os dejo esta canción eterna. Que la disfrutéis.


Blog Conviviendo con un runner inquieto






Este blog es imprescindible para recabar información sobre los distintos eventos y actualidad en atletismo. Proporciona información sobre entrenamientos, eventos, competiciones y en definitiva sobre la forma de vida que implica este deporte. 

Conviviendo con un runner inquieto es toda una referencia entre los aficionados a correr. Gracias a Ana por su puntual información y a Javier por compartir sus experiencias.

viernes, 26 de junio de 2015

El llanto era su Ley



Empezó a llorar sobre las 17,15 de la tarde. Su impúdico llanto no disimulaba que esa tarde era muy especial para ella porque recibiría una visita. Una peluquera fabricó en su melena rubia y larga numerosos rizos que, bien dispuestos sobre la espalda, recordaban la imagen de un Cristo procesional y morado con espinas de pasión. Los hechos que acuciaban su hígado atormentado eran realmente graves. Enfermedades, soledades e ingratitudes decantaron un barro finísimo en el que se bañaba una y otra vez hasta que sus propias lágrimas adquirieron un perceptible olor a linimento. Si existiera un sentido innato de la justicia este moriría de escándalo ante tanto dolor injusto. Tanto lloraba que las lágrimas conocían los caminos de la pena y –obedientes- se dirigían a un sumidero emocional que rebosaba compadecencia.

Rodeada de mandos a distancia, podía imaginarse fácilmente una vida de parálisis sepultada en una cama algodonada. Su manejo de los mandos a distancia denotaba su enfado constante con las cosas desobedientes…y también con las personas desobedientes. Su enfado era propio de quien recorre en dos segundos la distancia entre la tristeza y la ira: un segundo para secarse las lágrimas y otro segundo para articular la acusación que sustenta la ira. Arrojaba los mandos a distancia a una distancia imprudente para solicitar después con pena que se los entregaran. En plena ira se entreveían ciertas posibilidades de movimiento que ella no tardaba en ocultar.

El alijo de medicinas olía a alcoholes podridos. Sábanas con asepsia putrefacta. Aire limpio enmohecido. Mientras hablaba llorando, echaba hacia atrás con brío larguísimos rizos que una paciente peluquera había fabricado quién sabe con qué exigencias. Esa peluquera perfecta para ella, que rizo a rizo, se volvió sorda por mera supervivencia. En esa terrible postración del alma, en esa charca de agua insalubre, engordó un enorme tubérculo de ego y se ahogó el famélico concepto del “tú”. "Tú" era un pronombre prohibido, prohibitivo y proscrito en la ciénaga de los egos mórbidos.

La bendición del movimiento desapareció de esa vida cuando ella degustó la miel de la silla de ruedas. La autoridad que confiere el desvalimiento fue un gas letal para la acción. “¡Mira el Sol!. ¡Mira qué bonita es la tarde!. ¿Te apetece tomar una cerveza?” Quizá una copa de ginebra le habría agitado las vísceras y le habría recordado la risa. “No puedo beber porque no tengo ácido fosfórico en el cerebro”, entonces extraía de un caro bolso el bote de ácido fosfórico. Hacia las 20,30 horas continuaba llorando. Llamó a la señora que le servía y le ordenó preparar la cena. Se iría pronto a dormir. Sin embargo, no imaginamos que antes de dormir y a solas en su cama esta mujer continúe con su llanto. La verdad es que tan solo imaginamos plácidos ronquidos.







domingo, 21 de junio de 2015

La suerte del nadador


Nadar hasta el agotamiento de los brazos descansa el agotamiento de la cabeza. Entrar en el agua como volviendo al útero materno y hundirse dulcemente como una piedra en un río. Cinco minutos nadando, las piernas se despiertan y el cuerpo se estira. Desaparece imágenes-alfileres, palabras con aristas y olores a desentierro. Todo se hunde en el agua azul de un olvido momentáneo. Bucear es placentero. Irse a otro mundo denso donde se oye la propia respiración como a la propia consciencia. La presión del agua en los oídos, aguantar la apnea el máximo tiempo posible…Todo es azul, suave, el agua suena a lejanías y todo es lento. Las noticias y desnoticias repetidas hasta taladrar los recuerdos del día, se disuelven en el agua como gotas de vinagre en un río de agua dulce. Se aguanta la apnea para disfrutar más tiempo del mundo tibio, de la placenta gigante.

Una brazada y otra brazada de buceo y el cuerpo se impulsa hacia arriba cubierto del aire que los pulmones habían aguantado. Habrá más gente que vive en estado de apnea voluntaria; en continuo estado de inmersión; buceo a pulmón libre fuera del mundo y de la información que deforma la paz del mundo propio. Un estado de aislamiento donde nadie puede introducir prejuicios, ni inducir al “despensamiento”.

La vida dentro del agua; vida de separación voluntaria de la comunicación, de la contaminación cerebral y la lobotomía de espectáculos adultos fabricados insultantemente para un público infantil. Y vivir esos días en que la luz del Sol entra en el agua y entonces crecen enormes lirios alargados dentro de la piscina o del mar. El Sol entra en el agua y suma al cuerpo una belleza que quizá no tenga. Una voz lejana recuerda estadísticas de desempleo e índices de variables macroeconómicas.

Una brazada, otra brazada, media hora en el agua. Hace un rato que el aire ya ha conseguido llegar al vientre bajo. Entonces, surge la paradoja del nadador: conseguir llenarse de aire, para mantenerse más tiempo en el agua. Al principio los brazos pesaban, pasado un rato se adormecen y continúan apartando agua. Desaparecen las noticias de impacto, los líderes sonrientes, la oficialidad y sus calumnias. Se hunden pesados y negros. El recuerdo de una gota roja queda en el agua. Al final, el nadador solo quiere oír la propia respiración y vivir en un buceo constante, dentro del agua donde el sonido y la comunicación son lentos, mucho más lentos. Nadie molesta.