domingo, 21 de junio de 2015

El Nadador, Frank Perry


Del director Frank Perry, rodada en 1.968. Para unos la película es el viaje del protagonista a través de las piscinas de sus vecinos, hasta su casa; para otros es un viaje inverso del hombre maduro hasta el útero materno; un viaje de Ulises hasta Ítaca. En definitiva, sólo hay que verla. A lo mejor no hay viaje sino la pérdida de un hombre que sólo se encuentra a sí mismo dentro del agua. Que disfrutés este trailer.



viernes, 19 de junio de 2015

Juanita Reina: Tú Eres Mi Marío (Serie Rarezas)

Sirva esta copla de Juanita Reina para servir una sonrisa después de la entrada Una visita al gestor. La versión de Martirio en la sala Galileo Galilei también es muy buena. Se recomienda no perderse un verso.


Una visita a la gestoría



Ese hombre olía mal y tenía la mirada huidiza. No miraba a los ojos y exageraba sus gestos. Esa mañana hablaba a gritos en la gestoría como si le oyeran cien hombres sabios. Y, a veces, parecía percatarse de que sólo le escuchaban dos trabajadoras que para él no tenían la menor importancia. Sacaba un pañuelo arrugado entre blanco y marrón y se limpiaba el sudor de la cara. Su olor calaba hondo en la plomiza mañana de verano profundo.

Era una persona de las que hablan muy cerca. Su mirada oblicua no impedía su incómoda proximidad física. Incluso cogía los documentos de la mesa con sus manos marrones, coronadas con uñas negras, se chupaba un dedo y hojeaba el expediente que había en la mesa. Nadie volvería a tocar ese expediente. Olía a resaca y a sueño y, aún así, no dejó de acercar su cara a sus interlocutores. Sus pies eran pequeños. Llevaba unas zapatillas de deporte grisáceas y unos calcetines también grises.

Hacía años que se rumoreaba que le había arrancado media oreja a su mujer porque ella se negó a sus presuntos deberes maritales. Vociferaba –razonaba, según él- que tan solo quería “hacer la vida con su mujer”; que “llevaba derecho como marido” y que por eso y sin querer mordió en la oreja a su esposa. El bocado del asco; la mordedura de cien culebras; la picadura de mil moscas verdes. “A ver quién no muerde a la mujer alguna vez” y reía con esa picardía con que sólo ríen las hienas humanizadas. Su mujer sacaba facturas de una carpeta azul mientras él explicaba todo a quien no le había pedido explicaciones de nada. Él solo le pidió a su mujer que le hiciera la cena. Sujetándola por el brazo, la obligó a subir a la casa mientras le insultaba y le gritaba.

A pesar de su rudeza, no había perdido los ademanes de niño. Más que una persona era un niño engordado; un tubérculo infantil regado y necrosado; un bebé hambriento que, en lugar de llorar, había aprendido a hablar. Por eso no medía ni sus gritos ni la disonancia que marcaba toda su persona.

Cuando la auxiliar administrativo le pidió que firmara un documento, preguntó mientras sacaba la lengua y reía “¿hay que chupar el boli?” nadie contestó. La mirada de su mujer serpenteaba debajo de la mesa y a veces se perdía siguiendo los cables de cualquier ordenador. Ella se tapaba los cardenales del brazo creyendo firmemente en la transparencia o irrelevancia de su persona. El hombre de los pies pequeños, se levantó caballerosamente con su pañuelo blanco en la mano cuando llegó el gestor y corrió a rendirle pleitesía estrechándole las manos con su mano marrón. Acercándole  mucho la cara le dijo: “me voy con esta, que todavía no he cenado” No dijeron adiós.



domingo, 14 de junio de 2015

Disparo de primavera



La primavera es insalubre para las aves nocturnas. Sólo la primavera, sin horas sumadas, parece una subida de metanfetamina con su posterior bajada a los infiernos de la insolación impuesta. Con fuertes efectos secundarios para noctámbulos, la primavera es exceso de estimulación para quienes militan en las filas de la sensibilidad. Cualquier primera página de la Red arroja una modelo larguísima que dice que en esta primavera se llevan los colores flúor. Una infección de colores sin protector de pantalla. Más colores no, por favor.

La primavera es una pandemia de adolescencia que acentúa la traición de las hormonas. Produce un explosivo cóctel de oligofrenia, con alucinaciones de amapolas recién exprimidas. Primavera y hormonas que convierten a las almas prácticas en niños terminales. Adolescencia generalizada que produce pústulas en la piel y necrosis en la ingenuidad. La gente regresada a aquella edad exuda un deseo sexual inédito que parece secreto. Sin embargo, es tan público, impúdico y evidente que parecen coches alegres arrojando panfletos en plena Transición. Es la primavera de cada vida. Una dolorosa estación en que hay que parir a todas las flores y hay que editar todas las hojas a pesar del orgullo de los árboles.

En la radio continúan hiriendo las noticias de riadas de hombres negros encaramados en la alambrada de Occidente. Deben conocer tantas especies de miserias como especies de insectos cuentan los entomólogos. A la primavera la pasan de vueltas sumándole una hora de Sol. Más cocaína de luz para cada día. Sobredosis de estímulos mientras los noctámbulos inventan el número exponencial de las sombras. Primavera aberrante, sangrante, reluciente, deslumbrante.

Huele a vela recién quemada y piel recién descubierta. La primavera vuelve del revés el sentido común si alguna vez estuvo recto. Demasiadas horas de día. El caos instala su orden en las semanas de primavera. Nadie está exento de sus efectos: el hambre a deshora, el sueño a deshora, las ideas, los amores y cien besos a deshora.





Bucear en Ruidera


Este corto ha sido realizado por José Antonio Valverde Riaza, se llama Un trocito de Ruidera. Interpreta de una forma muy especial el paisaje del agua. Esto fue lo que vi en mi bautizo de buceo. Que lo disfrutéis.



jueves, 11 de junio de 2015

Insultante Directora de Informativos


Por si las moscas, por si fuera cierto que hay tendenciosidad, por rigurosidad, por aquello de que es mejor un juicio propio y por si las moscas otra vez, para opinar sobre la Directora de Informativos de Televisión Castilla La Mancha, Victoria Vigón nada mejor que escuchar la grabación publicada, aunque sus palabras se encuentren fuera de contexto. Y escuchándola asalta una primera impresión que pasa desapercibida ante el elevado tono del improperio. Mucho nos tememos que esta niña está imitando aquello que ya ha visto en alguna estrella del periodismo nacional.

Su voz es impostada, aprendida y fingida. Su histeria también es impostada, y sus ademanes de directora son tan solo ademanes. Entre gritos, “¡coño, joder, cojones!” se adivina que quiere actuar como Directora y que confunde la autoridad con “matar a alguien son sus propias manos”. Cierto es que en el trabajo cualquiera, en su sano o insano juicio, ha tenido gana de matar a alguien con sus propias manos, y con las manos recién cortadas de otro también. El problema está en vociferarlo sin pasión. Esta niña no tiene pasión en el enfado y se le nota. No está enfadada sino que finge estarlo y que además cree que es así la forma correcta de ejercer como Directora. Esto es lo malo. “¡De luto llevo las bragas!”, no. No son las bragas lo que lleva de luto, sino el pañal. Cuántos niños y niñas malcriados y sin una trayectoria vital han sido entronizados como altos cargos en estamentos sociales e institucionales y ejercen lo propio e impropio con maneras de dictadorcillos. Niñatos que no han sufrido y que, por lo tanto, no han visto el barro, ni la vida, ni la contrariedad. Este es el problema.


Que Victoria Vigón la emprenda a manotazos con la peluquera de la televisión autonómica porque el peinado se le antoje “una puta mierda” es la culminación de la enorme montaña de basura acumulada por este régimen en decenios de nepotismo. Victoria Vigón, la niña de “gilipollas, joder, coño, coño”, solo sabe mandar con necias maneras, porque no entiende la diferencia entre dirigir y mandar. Esta flagrante equivocación es responsabilidad suya y simultáneamente responsabilidad por culpa in eligendo y culpa in vigilando de quienes la nombraron primero y de quienes no la cesaron después. Y es que, supongamos que Victoria Vigón estuviera rodeada de incompetentes e ineptos. Ni siquiera a un inepto hay que gritarle ni insultarle. Para resolver las negligencias en el trabajo se inventaron los procedimientos disciplinarios. Cuanta más capacidad de mando se posee más innecesarios son los gritos, los insultos, el mobbing, y los atentados contra la dignidad. Debe ser que Victoria Vigón aprendió a ser directora con alguien muy mal educado.

martes, 9 de junio de 2015

La casa de la soledad



Sólo había una ventana por donde se veía el mar. El pueblo quedaba a la espalda de la casa y ninguno de sus moradores había tenido nunca la curiosidad de bajar al pueblo a conocer a sus gentes.

La soledad reinaba en la casa de tal forma que, aunque fueran muchas las personas que allí vivían, todas ellas se sentían solas y deseaban que este sentimiento durara toda la vida.

Tenían muy pocas pertenencias. Apenas un manto y un cuenco. Las mujeres guardaban en sus cuencos los recuerdos. Allí los ponían a secar como flores recién cortadas. Y cuando los pétalos estaban lo suficientemente secos y olvidados, los echaban al mar como si el mar fuera una inmensa memoria, un insondable panteón para los recuerdos que flotaban como papel entre las olas.

El manto envolvía las vanidades de cada una de ellas. Y cuando paseaban parecían lirios blancos. La soledad envuelta en compañía por una tarde. Muchas soledades sumadas y restadas a sus propias personas que nunca dejaron de ser solas y unidas a sí mismas.

Un día llegó a la casa el sentimiento del abandono vestido con botones de oro. Un niño con zapatos de almirante. Un niño con la cara muerta de necesidad. Un indigente del cariño. El abandono abandonado en la nieve.

Las mujeres no tenían nada salvo a sí mismas. Por eso no entendían que alguien necesitara algo más.

El niño había aprendido en una feria lejana a ser ilusionista y prestidigitador. Y entretuvo a cada mujer con ingeniosos trucos de magia. A una mujer le regaló un velo rojo que no acababa nunca. Lo sacó de entre las piernas de la mujer entonando la canción más antigua. El velo era la extensión justa de su sangre y le serviría para ser inmortal. La mujer puso el velo en su cuenco y lo dejó secar.

Otra tarde entregó a otra mujer la brújula mágica que conseguiría guiarla hasta su primer recuerdo. Ella ya sabía que su primer recuerdo era el de una gran campana que cantaba cerca de su estanque templado. Ella sabía que su primer recuerdo era el sonido del corazón de su madre ordenándole vivir mientras ella flotaba en un oscuro universo placentario. Sin embargo, y pese a que este recuerdo la llenaba de felicidad, puso la brújula en su cuenco y la dejó secar.

Finalmente, una noche entregó a una tercera mujer el perfume más sofisticado que había en la tierra. El niño se hirió las manos y dejó caer su sangre en las manos de la mujer, justo durante el tiempo que duraba una letanía honda cantada por hombres con deseo. Con este ancestral juego de magia el niño consiguió que de entre las manos de la mujer naciera un manantial azul que olía a las manos de su padre cuando le acariciaba el pelo. Este recuerdo la hacía infinitamente feliz. Pero aún así, una noche dejó el perfume en su cuenco y lo dejó secar.

El niño continuaba sintiendo el desamparo como si su cama estuviera colgada en el techo de un inmenso salón y las velas zarandearan sus llamas según el siniestro vaivén de su cama. Y lloró tanto que ni el velo, ni la brújula ni el perfume se secaron después de cien días.

Un día una mujer sintió que la soledad empezaba a dolerle. No había conseguido olvidar sus recuerdos y estos le produjeron llagas y pústulas por todo el cuerpo. Llevada por la ira, arrancó al niño sus preciosos botones de oro y los echó al mar. Y las olas arrojaron espumas negras. Una inmensa marea negra inundó la región. Eran los recuerdos del niño. Al poco, empezó a olvidar la magia que utilizaba para la compraventa de cariño y la soledad se le volvió exquisitamente dulce.

Las mujeres le prepararon un cuenco para que él también secara sus flores muertas. Y un manto para envolverle la vanidad, que se olvidara de sí mismo y así vivir los días como hacían los lirios.

La casa se volvió sola otra vez. Una soledad que olía igual que el mar cuando se despierta.