viernes, 26 de junio de 2015

El llanto era su Ley



Empezó a llorar sobre las 17,15 de la tarde. Su impúdico llanto no disimulaba que esa tarde era muy especial para ella porque recibiría una visita. Una peluquera fabricó en su melena rubia y larga numerosos rizos que, bien dispuestos sobre la espalda, recordaban la imagen de un Cristo procesional y morado con espinas de pasión. Los hechos que acuciaban su hígado atormentado eran realmente graves. Enfermedades, soledades e ingratitudes decantaron un barro finísimo en el que se bañaba una y otra vez hasta que sus propias lágrimas adquirieron un perceptible olor a linimento. Si existiera un sentido innato de la justicia este moriría de escándalo ante tanto dolor injusto. Tanto lloraba que las lágrimas conocían los caminos de la pena y –obedientes- se dirigían a un sumidero emocional que rebosaba compadecencia.

Rodeada de mandos a distancia, podía imaginarse fácilmente una vida de parálisis sepultada en una cama algodonada. Su manejo de los mandos a distancia denotaba su enfado constante con las cosas desobedientes…y también con las personas desobedientes. Su enfado era propio de quien recorre en dos segundos la distancia entre la tristeza y la ira: un segundo para secarse las lágrimas y otro segundo para articular la acusación que sustenta la ira. Arrojaba los mandos a distancia a una distancia imprudente para solicitar después con pena que se los entregaran. En plena ira se entreveían ciertas posibilidades de movimiento que ella no tardaba en ocultar.

El alijo de medicinas olía a alcoholes podridos. Sábanas con asepsia putrefacta. Aire limpio enmohecido. Mientras hablaba llorando, echaba hacia atrás con brío larguísimos rizos que una paciente peluquera había fabricado quién sabe con qué exigencias. Esa peluquera perfecta para ella, que rizo a rizo, se volvió sorda por mera supervivencia. En esa terrible postración del alma, en esa charca de agua insalubre, engordó un enorme tubérculo de ego y se ahogó el famélico concepto del “tú”. "Tú" era un pronombre prohibido, prohibitivo y proscrito en la ciénaga de los egos mórbidos.

La bendición del movimiento desapareció de esa vida cuando ella degustó la miel de la silla de ruedas. La autoridad que confiere el desvalimiento fue un gas letal para la acción. “¡Mira el Sol!. ¡Mira qué bonita es la tarde!. ¿Te apetece tomar una cerveza?” Quizá una copa de ginebra le habría agitado las vísceras y le habría recordado la risa. “No puedo beber porque no tengo ácido fosfórico en el cerebro”, entonces extraía de un caro bolso el bote de ácido fosfórico. Hacia las 20,30 horas continuaba llorando. Llamó a la señora que le servía y le ordenó preparar la cena. Se iría pronto a dormir. Sin embargo, no imaginamos que antes de dormir y a solas en su cama esta mujer continúe con su llanto. La verdad es que tan solo imaginamos plácidos ronquidos.







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