lunes, 26 de diciembre de 2016

Matar era solo el principio


"¿Nunca os habéis cruzado con alguien a quien no deberíais haber puteado ?... Ese soy yo" (Gran Torino, Clint Eastwood, 2009) Tres mujeres muertas en cuarenta y ocho horas en un solo fin de semana. Los homicidas usaron en dos casos armas blancas y en el último caso la mujer falleció a causa de los golpes. “Matar a un hombre es algo despreciable. Le quitas todo lo que tiene, y todo lo que podría llegar a tener.”, (Sin perdón, 1992). Ana María Enjamio tenía veinticinco años. Regresaba de la fiesta navideña de su empresa y el hombre cuya relación había zanjado la misma Ana María la apuñaló hasta la muerte. Fue encontrada en el portal de su casa en medio de un charco de sangre. “Eres una mierda, y a una mierda sólo le pueden ocurrir dos cosas: que la pisen o que la recojan con una pala” (El Sargento de hierro, 1986). Ana María había construido un futuro prometedor y fuera cual fuere su futuro real, ella ya había edificado una expectativa feliz para sus días.


 La joven de nacionalidad rumana E.M.M. recibió al menos entre cinco y seis puñaladas en el salón de su vivienda, una de ellas en el abdomen, tres en el tórax, por la parte posterior y una en el cuello. El  homicida se dio a la fuga. “Alguien dejó la puerta abierta y entraron los perros equivocados en casa” (Infierno de cobardes, 1972). Si no es la ley debe ser la ira, emoción legítima que debe ser controlada para ejercer una buena defensa frente a la costumbre de matar a mujeres desobedientes. Los hombres que matan a sus mujeres se sitúan en un plano superior de detentación y se consideran investidos de la facultad de castigar la desobediencia. No matan por desamor, ni por un insano sentimiento de justicia, matan para castigar la desobediencia. Esa perversa obediencia implícita que se exige a las mujeres mediante actitudes, acciones u omisiones, cala los huesos de las costumbres sociales.  "Por encima de todo, protégete a ti mismo", (Million Dollar Baby, 2004)

 En Alicante fue grabada por las cámaras de seguridad la humillante paliza a una joven en la que se veía como el maltratador la tiraba al suelo y la arrastraba. La víctima continúa negándose a declarar porque padece miedo fundado a que su pareja le agreda de nuevo. “Morir no es forma de vivir” (El fuera de la ley, 1976). La rebelión se empuña y se ejerce. Los minutos de silencio y los aplausos de después son encomiables como gesto pero ineficaces para quien mata apuñalando, golpeando o incendiando a la mujer que posee. No son suficientes las camisetas con mensaje, ni el encendido de velas  "Prepara tres cajas, dijo mirando al enterrador del pueblo” (Por un Puñado de Dólares, 1964) Es necesario mejorar con preparación, estudio, formación y valentía más que nada porque resulta increíble cuánto enfada a un maltratador que su mujer –algún día debió escriturarla- le supere. "El mundo se divide en dos, Tuco: los que encañonan y los que cavan. El revólver lo tengo yo, así que ya puedes coger la pala" (El bueno, el feo y el malo, Sergio Leonne, 1966)


Miss Sarajevo
U2 y Luciano Pavarotti


viernes, 4 de noviembre de 2016

Los artistas prehistóricos podrían haber sido mujeres

Las mujeres que pintaron la piedra




Estoy pintando un bisonte grande. Me gusta el tacto de la sangre en los dedos; calentarla entre mis manos y después, poco a poco, untarla en el techo de piedra. Mis hijas, Admira, Oleada, Altamira y yo pintamos todos los días. Algunas veces no podemos pintar porque retiramos los restos de carne que hay en las pieles de los animales. Secar las pieles es muy trabajoso pero abrigarnos con pieles es como abrigarnos con la memoria de la hierba que comieron los animales cazados. Las niñas y yo dormimos envueltas en enormes pieles de bisonte. Pasado un rato, los sueños de la manada se nos duermen en las manos y por la mañana solo tenemos que pintar sin más. 

Antes de dormirnos miramos al techo de nuestra cueva y decidimos entre las cuatro qué vamos a pintar en cada hueco, en cada protuberancia y cómo lo pintaremos. Nuestras cuevas son preciosas. Y los deditos de mis niñas son también preciosos, con su precisión tan ingenua y acertada. Todo lo que pintan es increíblemente exacto y nuevo. 


La madre de mi madre -que se llama Gloria- es una anciana que también pinta en la cueva. Gloria tiene las manos pequeñas y los dedos huesudos. El frío ha deformado su cuerpo y sus brazos no alcanzan el techo. Sin embargo, cuando las niñas alumbran la pared quemando tuétano de huesos, las manos de la anciana Gloria se estiran mágicamente pintando de color rojo bisontes que se mueven. Altamira pinta manos por las paredes. Un día todas apoyamos las manos en la piedra y ella pintó los perfiles de cada una en la pared. Es nuestra firma. 

Soplamos carbón a través de huesos huecos para difuminar nuestros dibujos y para pintar siluetas. Fabricamos colores con sangre, tierra y carbón. Hacemos nuestros pinceles machacando juncos o ramas por los extremos hasta conseguir delgadas hebras vegetales. Y todo nos sirve para pintar.

Gloria, la madre de las pintoras, pintó hace años una cierva enorme. Ella la llamaba `la madre del mejor ciervo´. Cuando cazamos con los hombres traemos los animales muertos y sus últimos recuerdos se nos quedan en los hombros. Los animales muertos cuentan su historia con sus cicatrices o con la ausencia de heridas. Y todos, todos, infunden un profundo respeto tan pesado como su peso muerto. Todos poseen esa postura indescriptible de la dignidad absoluta. Por eso los pintamos. 



Hemos pintado estrellas y lunas y hemos pintado ciervos llorando. En el futuro se entenderá que cuando Gloria pintaba con sus manos pequeñas bisontes corriendo, estaba pintando nuestra admiración por los compañeros de nuestra vida. 

                   

Los artistas preshistóricos podrían haber sido mujeres.

     Según la publicación National Geographic, el arqueólogo Dean Snow analizó las huellas de las manos encontradas en ocho cuevas de Francia y España. Tras comparar la longitud de algunos dedos, ha determinado que el 75% de las huellas eran femeninas.

        Los expertos determinaron, sin plantearse otra opción, que los autores de las pinturas rupestres eran principalmente hombres. Seguramente porque las mujeres solamente ejercían como meras mamíferas observadoras de su arte.

          Sin embargo, en la documentación que encontramos sobre Altamira siempre se escriben textos como los siguientes, en los que no se cuestiona que fueron hombres los pintores. El lenguaje es muy elocuente: 

   “El descubrimiento de la cueva de Altamira suscitó una fuerte polémica entre los arqueólogos, ya que no creían que los hombres prehistóricos fueran capaces de hacer unas pinturas tan perfectas”

     "La utilización del relieve en el techo para expresar mayor realismo es una característica del pintor de la Cueva de Altamira" 

     "....los medios que posee el hombre desde el Paleolítico superior para forjar símbolos orales realizables manualmente.»

viernes, 14 de octubre de 2016

Poder otorgado por mujer soltera que luego se casa, carece de validez

Problemas de mujer soltera
Texto: "Prontuario del Abogado"
1977
Transcribo literalmente el texto señalado:

"El Poder (notarial) otorgado por mujer soltera que luego se casa, carece de validez. Si mujer soltera otorga Poder a Procurador para pleitos, si después se casa, no es válido este poder para iniciar el pleito después del matrimonio"

Así lo entendía el Tribunal Supremo en 1961. 

¿Por qué no era válido este documento?, porque después del matrimonio, la mujer soltera ya tenía un marido que debía concederle su permiso y su supervisión para que la esposa recién escriturada pudiera acudir al juzgado para defender sus intereses. 

Si la mujer permanecía soltera podía acudir al juzgado mientras no tuviera un señor que la tutelase. Ahora bien, debo indicar que en muchas ocasiones el abogado, incluso el juez, consultaba al padre de la mujer soltera para asegurarse de que su propósito estaba respaldado por una infalible figura masculina.

Es más, ellas mismas adoptaban un `paterfamilias´que las tutelase y hablara por ellas. La rebelión no se pide, se empuña.


Melody Gardot
Same to you
                         

viernes, 23 de septiembre de 2016

Las Criadas. Jean Genet. Basado en el crimen de las hermanas Papin

               El crimen de las hermanas Papin

Las hermanas Emile y Christine Papin. Había una tercera hermana
que fue monja en un convento
Las hermanas Emile y Christine Papin fueron empleadas dosméticas durante siete años al servicio de la familia Lancelin perteneciente a la burguesía francesa. A comienzos de 1933 las dos hermanas asesinaron a la señora Lancelin y a su hija de una forma horrorosa. La revista Les Temps Modernes publicó en 1964 el informe del doctor Le Guillant quien describió el caso detalladamente.

El escritor Jean Genet se inspiró en este suceso que conmocionó Francia para escribir su magistral obra de teatro Las Criadas. Recomiendo leer esta obra breve de teatro. En Las Criadas la lucha de clases sociales se convierte en odio y la envidia en patología. Clara y Solange –las criadas de Genet– son los personajes con que Genet emula a las hermanas Papin.

Jean-Paul Sartre afirmó sobre esta obra que, "para Genet el ejercicio teatral es demoníaco; la apariencia, a punto de hacerse pasar por realidad, debe revelar sin cesar su irrealidad profunda. Todo debe ser falso".

El propio Jean Genet escribió en el prólogo de la obra: "Malditas o no, estas criadas son monstruos como nosotros mismos cuando soñamos esto o aquello. Yo voy al teatro para verme en escena tal y como yo no sabría verme o soñarme y sin embargo, tal y como sé que soy".

Cada párrafo de Las Criadas puede ser una disertación portentosa sobre la ira. Después de leer este libro, he transcrito las frases que expongo a continuación, junto al nombre del personaje de la obra. En estas frases subyacen  el conocimiento de la envidia, la poética del odio, o la estética furiosa de la humillación. Me ha recordado demasiado al teatro furioso de Francisco Nieva. ¿Quién fue primero?

Por otra parte, hace tiempo que sé que ya no volveré a leer sin tomar apuntes. Estas son las frases. 

"Hay que reírse. Si no, la tragedia hará que nos escapemos por la ventana" Clara        

"Mi chorro de saliva es mi diadema de diamantes". Solange

"..Y sobre los claveles y las rosas es imposible -como dice el señor-, no descubrir un pelo de una u otra criada". Clara

"Quererse en la esclavitud no es quererse" Solange

"El bajo de mi vestido algún día estará cuajado de lágrimas nobles". Clara

"La señora se creía protegida por sus barricadas de flores" Solange

"El blanco es el luto de las reinas" Clara

Existen numerosas crónicas del crimen en las que se describe el suceso con todo lujo de detalles. Para después de la lectura del brutal suceso se recomienda visualizar esta escena de la primorosa Doris Day.
The Man Who Knew Too Much
Alfred Hitchcock (1956)  

          

domingo, 11 de septiembre de 2016

Rosa y Eliades. Blues de madrugada


A mi querida María Merlo.
Siempre fuiste muy elegante


Obra de Rene Magritte


Homesickness, (1940)

Déjame ir. Inyéctame dos dosis”, dijo Rosa con tranquila firmeza al enfermero que le inyectaba la morfina de las diez de la noche. No había pena ni súplica en su voz, tan solo una serenidad que congeló la inyección. Esperaron media hora hasta que llegó una nueva dosis. “Siéntate y deja que te cuente cosas agradables” En la Unidad del Dolor había enfermos que contaban cientos de horrores ciertos. Para el enfermero Eliades era más violento escuchar a Rosa que oír cualquier horror envuelto en sangre, bilis y lamentos. Y es que Eliades no sabía escuchar los verbos del placer. Durante sus estudios había empleado demasiado tiempo en entrenarse para comprender a los más débiles y poco tiempo en saber recibir la sensibilidad de los más fuertes. “Siéntate conmigo, Eliades

¿Alguna vez te has bañado en leche?”, le dijo Rosa nada más tomar asiento. Pobre Eliades, tan encuadernado, tan pulcro, tan guiado y tan incardinado. Pobre Eliades, tan correctamente incorrecto pero sin vida sobre los hombros. Pobre Eliades, tan dirigido, tan educadamente maleducado. Apenas una frase disonante y toda la frágil cimentación de su moral de saldo, cayó al suelo como si fueran las canicas de un niño que no jugó con barro. El pobre Eliades no encontraba el aplomo necesario en su yoga ni en su meditación. “No, Rosa. Prefiero el plato de ducha”. Así expuso el enfermero su previsible cortedad. Las carcajadas de Rosa se oían en la planta donde ya dormían todos los pacientes.

Las células necrosadas de Rosa reían contemplando las contorsiones morales de Eliades quien, quería escucharla porque se tenía por inteligente, mientras su corazón se estremecía de pudor y vergüenza. Era un enfermero comprensivo y paternal que se había acomodado en consolar a los enfermos sufridores con cariñosas y melifluas palabras de ánimo. El personal de la Unidad del Dolor sonreía a los enfermos agonizantes con iluminada comprensión en sus ojos. Esas sonrisas hospitalizadas y hospitalarias irritaban mucho a Rosa. “Si te pones empática saco la daga que tengo bajo el colchón”, decía al oído de una enfermera especialmente solidaria. “¡Ya están aquí las Hermanitas de la Caridad Emocional!”, gritaba cuando la visitaban un psicólogo y una animadora social.

Not to be reproduced (1937)
Eliades no quería abandonar a Rosa sufriendo un dolor desmedido. Miraba como Rosa reía mientras el dolor la torturaba y la confusión comenzó a saber dulce. Rosa era al mismo tiempo guapa y fea, delicada y áspera, inteligente y sin sentido común.  

“¿Alguna vez te han acariciado las piernas decenas de peces? Bajo el agua, la apnea se alarga cuando te vas con ellos y su cuerpo frío pasea por tus brazos” A Eliades solo le gustaba la playa para ver atardecer. “¡Qué limitado!” dijo Rosa riendo. “Es como ir al teatro para ver solo el final de la función”

“¿Recuerdas el paso lento de una gota de aceite cuando cae por la espalda?”  Eliades no podía recordar lo que no había vivido. Intentaba hacerse un hueco en la conversación y contarle a Rosa que había practicado meditación en Camboya y que usaba mucho sándalo en su apartamento. Pero Eliades nunca pensó en inventar sus propios placeres. “Hijo, tú tienes placeres de catecismo”, dijo Rosa mientras fumaba sin esconderse su prohibidísimo tabaco rubio. Rosa hizo que un celador consiguiera para ella un cenicero de alabastro antiguo –la cabeza de un fraile- que había visto en el despacho del director del hospital cuando hizo su ingreso. “¡Es un placer fumar aquí!” dijo al celador.
 
Bather, (1925)

¿Has comido granadas de las manos de otra persona?” Eliades nunca comía granadas. “¿De verdad?, ¿nunca has destrozado una granada y te la has comido como los niños chicos?” A decir verdad, el enfermero de la Unidad del Dolor jamás había visto esa fruta. “¿Y no has lamido un buen Armagnac en la cara de tu amigo?”, “No, Rosa. No me gusta el cognac”. Después de aclararle la diferencia entre cognac y armagnac, Rosa tuvo la tentación de sentir piedad por Eliades, pero ella ya no tenía tiempo para la piedad.

Sabiendo que el enfermero sentiría el mismo vértigo que en la más perversa atracción de feria, Rosa invitó a Eliades a no inyectarle la morfina de las diez. Pasó poco tiempo cuando el dolor ascendió enorme y enamorado de sí mismo. Un mar de dolor descomponía cada vez más la fuerza de Rosa quien se aferraba a la espalda de Eliades. El enfermero -como improvisado notario del dolor-, comprobó en sus muñecas moradas la fuerza del dolor físico. Rosa envió su dolor por los senderos de una rabia sin estrenar y se permitió decir a Eliades justo aquellas certezas que nadie soporta sobre sí mismo.



Habían pactado que él aguantaría las palabras, los gritos y la fuerza de Rosa hasta que médicamente fuera imposible soportar el dolor. “¡Han inventado tu vida por ti y eres tan tonto que crees que es tuya!”. Eliades quería saber todas aquellas evidencias sobre sí mismo que nadie le diría nunca. Al inmenso dolor de Rosa se sumó pronto el dolor de Eliades quien estaba encajando golpes que dejaron sin respiración el estómago de su autoestima. Frases hirientes, verdades punzantes y ese descarnado dolor que uno siente ante ese espejo en que le crecen pústulas a la vanidad. Después del exorcismo, Rosa y Eliades quedaron dormidos bajo los efectos de la misma medicina.


Cuando Rosa despertó, Eliades estaba esperándola con hematomas en los brazos y con la sonrisa de una gratitud inmensa por tanta generosidad. “Rosa –le dijo- hoy he probado la ensalada de manzana con agua muy fría. Tenías razón. Es estupenda. ¿Quieres comer un poco?” Y extendió las manos rebosantes de trozos manzana y de las que caía agua helada y dulce en el camisón de Rosa. Ella tomó con la boca un pequeño trozo de manzana. Una buena forma de comenzar el día más humilde de sus vidas. Era madrugada, se oían los últimos acordes de aquel blues.
Freedonia
It´s gonna fine


                      


"Yo te gusto -continuó ella-, por el mismo motivo que ya te he dicho, he roto tu soledad, te he recogido precisamente ante la puerta del infierno y te he despertado de nuevo"
                                                                                                                                 Demian,
Hermann Hesse, (1919)

lunes, 1 de agosto de 2016

Cándida, Blanca, Albina, Clara.


Obra del pintor Vicente Galán Fernández

  Cándida no entendía el color porque era blanca desde que nació. El día de su investidura mostró sus heridas de guerra con la túnica abierta ante el Senado tal y como se exigía en los ceremoniales de investidura de los senadores. La cicatriz en el vientre era una luna tumbada que marcaba las mareas de su alegría. Había anidado en su vientre la indefensión de una cierva despedazada pero mantuvo sus piernas erguidas. Fue después de esa herida cuando se convirtió en pez invirtiendo sus centros de gravedad y su espalda creció en el agua anulando su cicatriz. Por los raíles de la anestesia se marchó a un acogedor desierto de dunas dulces. Los muertos más queridos llevaban búhos y halcones en sus hombros y le dijeron tres cosas: que el agua le estaba esperando, que la Matemática no entiende de cálculos y que los senadores eran miopes.

......y los peces protegieron su vientre



   Cuando le quemaron los ojos visitó las tierras de la ceguera durante veinte segundos en los que se sentó en una biblioteca antiquísima. Una anciana iba anunciando el nombre de los veinte ciegos con quienes mantuvo una larga entrevista. Cada uno narró a Cándida su intimidad sin colores y se sintieron liberados y entendidos porque ella tampoco sabía qué eran los colores. Cándida sólo entendía la luz absoluta y nada más. Los ciegos solo entendían la oscuridad absoluta y nada más. Un diálogo perfecto cada segundo de deslumbrante brillantez.

   La cicatriz en la frente nació por  el golpe de cien martillos y la cicatriz en los dedos nació por manejar un punzón durante todas las noches de diez años para tallar una estatua sobre un diamante. El diamante venció y jamás existió una estatua imposible.

   Cuando los senadores vieron a Cándida se deslumbraron por el poder luminoso de su inocencia blanca. Cada uno de ellos estaba tan perversamente condicionado por su único color que no comprendían el concepto de la luz. Y es que cuando ellos abrieron sus túnicas no enseñaron sus auténticas cicatrices porque temieron mostrar los vestigios de su dolor.

Candida, blanca, albina y clara
   El senador Rubrum Carnifex era primario y, de acuerdo con su vugaridad, ordenó a una criada maquillar una profunda llaga en el costado. Así la asamblea entendió que había sido víctima de un martirologio en una lejana guerra con elefantes furibundos. Pero la única cicatriz de Rubrum Carnifex era aquella que le produjo un herrero cuando le extirpó un corpúsculo en el recto. Y es que Rubrum jamás estuvo en guerra alguna.

   El Senador Cyaneus Magister tenía una cicatriz en el hombro porque se partió la clavícula al caerse de un caballo. Todos contaban que el hueso rompió la carne asomando cerca del cuello y que los dos perros de Cyaneus, lamían la sangre mientras él permaneció sin turbación alguna ante tal lesión. No lloró ni gritó ni nada dijo salvo el estoico silencio. Y, privado de sentido, lo halló su asistente quien lo socorrió en el trance. Cuando se retiró la túnica del hombro todos los Senadores rompieron en un aplauso rotundo reconociendo el valor y el mérito de Cyaneus Magister al caerse de su caballo. Lo que no contó el impertérrito Cyaneus fue la ingesta anterior de aromáticas hierbas de la lejana Asia que le anestesiaron el dolor y que fueron causa directa de la caída.

   El senador Viridis Soldadus tenía el muslo atravesado por el cuerno de una cabra. Cuando las cohortes del Emperador Adriano se encontraban en Anglia Viridis ejerció como soldado y cocinero, debiendo matar a los animales con que se alimentaban los soldados. Cuando Viridis Soldadus descubrió su pierna herida los senadores estaban distraídos y apenas aplaudieron al nuevo senador Viridis quien sí estuvo en la guerra de Anglia.

Título: Bodegón con gato azul

   Las cicatrices de Cándida eran ciertas. La irreverencia de Cándida no consistía en haber ido a la guerra y haber regresado herida. Los senadores sabían que de los infiernos sólo se regresaba herido o mutilado. Su atrevimiento consistió en mostrar las cicatrices verdaderas porque el dolor o el placer no habían de mostrarse. De la misma manera que nadie debía conocer el número de monedas que cada uno llevaba en su bolsa, tampoco debía darse noticia alguna sobre las  alegrías o sobre los displaceres.


   Después de la ceremonia de la blanca Cándida el escribano del Senado inventó un nuevo término: candidez. Y el senado de las heridas inventadas y correctas mandó acuñar una moneda en la que aparecía Cándida con su túnica sincera en la que aparecía la leyenda: alba tunicae, albina anima.

The Beatles - Get Back
 Live Rooftop Concert 1969 

Regresa, regresa.
Regresa donde una vez perteneciste


                      

domingo, 17 de julio de 2016

La chica que no esperaba el ascensor


Testigo de cargo. Billy Wilder, 1957
   No esperaba el ascensor porque perdía el tiempo. El tiempo se derramaba como placenta rota por el hueco de ese montacargas y ella no era un peso muerto. Primeros escalones. Recordó a Marlene Dietrich en la película Testigo de Cargo. “¿Quieres darme un beso, encanto?” decía mientras exhibía una descarnada cicatriz que le atravesaba la cara con brillos de navaja. Durante años su hermana repitió riendo esa frase cada vez que arribaba un hombre imbesable.

   Primer rellano. Un abogado infartado decía que las escaleras se suben lentamente al principio y deprisa al final. Y después de evacuar el aforismo componía una mirada de sabio del Sanedrín. “¿Quién compraría esas lámparas de pared para la escalera?” Ser anodino también es un arte. Se acostumbró a no encender la luz mientras fuera posible subir por el útero de ese edificio con la luz grisácea de los patios.

   Segundo piso. Han descubierto dos lunas en Júpiter. ¿Qué pereza pensar nombres para dos lunas? Lavanda y té. Los astrónomos no suelen pisar la hierba. Para la chica que no esperaba el ascensor era evidente que una luna debería llamarse Bach y la otra Mahler, o Diana y Belisana, o Fausto y Otelo….Un vecino con bombachos y olor a alfombra encerrada invadió la intimidad de su escalera. Esa visión de cotidianidad fue como un tanque ruso disolviendo manifestantes en la primavera de Praga. Después de la visión del propietario ya no hubo lunas.

Primavera de Praga. 1968. Requisaron las cámaras de los fotógrafos, y revelaron
las fotos para detener a los manifestantes.
  El camino vertical de la chica transitaba paralelo al del ascensor con carga humana. Esa gente eran seres que aguantaban su propio peso ayudados por el débil cordón umbilical del ascensor. Soportar su propio peso era para ella una cuestión de dignidad animal donde la epidural no tenía cabida. Una trapecista volaba sin red atravesando un cielo de Jackson Pollock. Y pensó en poner un enorme cuadro del pintor en la última escalera que lleva al ático.

   ¡Qué bien se sentía sola por ese camino extraño donde nadie la esperaba! El perro de todos los días lloraba a la misma hora cerca del tercer piso. Un ligero mareo la llevó a un mundo amarillo durante dos segundos “Deberías tomar más café. Te mareas con facilidad”. El perro que lloraba la trajo de nuevo al útero escalonado por el que se desnacía cada mañana a sí misma, introduciéndose de nuevo en el vientre de su deber.

 El sonido de las llaves repitió el eco chirriante de la voz quebrada de Tom Waits: "I´m gonna take it with me when I go". Cuando oía al dulce Tom se prometía a sí misma estudiar más inglés solo para escuchar despacio todas sus canciones tristes. Cantaba bajito esa canción -Take it with me- cuando sintió una ortiga bailando en la garganta que le dolió todo el día. Había hecho frío esa noche pero su soledad le abrigaba igual que abriga Tom Waits a las chicas que no esperan el ascensor.

Madeleine Peyroux
I´m all right

 


 

sábado, 25 de junio de 2016

Mercedes y Curro

El cuidador cuidado


Día Uno. Acaban de entrar dos ambulancias al hospital que hay enfrente de nuestra casa. A lo mejor ha sido un jabalí jugando. Lesiones poco serias. Mercedes dice que las lesiones son graves cuando el forense reconoce muchos puntos de secuela. Es un buen nombre para una pulga: Secuela. Mi hermano Pancho tuvo una pulga y se quejaba mucho. Aunque creo que faltaba a la verdad porque las pulgas nunca van de una en una. Se agrupan como los pinos, como las piedras del río o como los troncos que hay en la leñera.

Día tres. Hace tiempo que no veo a mi hermano. Sin mí padece una manifiesta indefensión aunque él no lo sabe. Igual que Mercedes que no sabe que yo debería llamarme Martín. Hoy he soñado que caía por un espiral enorme dando vueltas sin parar. Y que un hombre muy severo que se llamaba Otrosí me esperaba al final del tubo. El sueño ha acabado bien porque estaba resbalando por un rulo larguísimo de Mercedes mientras ella se reía. El pelo le olía como una noche en el campo.

Día cinco. Desde este balcón en el que observo la calle, me acuerdo de mi hermano Pancho. Había un cuidador en la perrera a quien mi hermano llamaba Stultus Maximus. Cada mañana el gran Stultus llegaba con un cubo repartiendo el pienso y nos decía a mi hermano a mí: “Para los chiquitines la mitad de pienso” ¿En qué extraño fundamento se apoyaba nuestro empleado para afirmar que somos pequeños? Yo soy el más grande de toda la camada y mi hermano es como mi padre, enorme respecto al resto de sus hermanos y además somos altos de cuartos traseros. Es irrefutable: no somos pequeños.



Día siete. …..Era aún peor cuando Stultus nos insultaba llamándonos `perros de interior´. Soy un conquistador del aire libre y no se han dado cuenta. Cuando vamos a ver a los jabalíes estamos todo el día fuera de la casa. Los jabalíes son animales extraños. Cuando se aproximan infunden el mismo miedo que el sonido hondo de cuatro elefantes pensando. Pero no son tan sagaces como creía. Nunca he entendido por qué nunca usan las puertas para entrar a los sitios y necesitan escarbar debajo de una valla para entrar. Un jabalí es lo que necesita el cuidador de la perrera.

Día nueve. ¡Ha venido mi hermano Pancho!, ¡Está aquí! Es un hecho probado que sigue sintiéndose igual de indefenso que siempre, aunque él lo inadmita. Debería haberse llamado Peñasco pero nadie lo sabe. Hoy no han entrado ambulancias en el hospital. El sol es mucho mejor hoy. Mercedes ya se ha sentado en el sofá porque quiere jugar conmigo. Voy a llevarle su juguete para que se divierta un rato.

Día diez: Desde hoy ya no cuento sólamente los días impares. Volveré a contar los días pares porque mi hermano está fuera de la perrera y no volverá a ver a Stultus Maximus. Además, estará conmigo y necesita mi protección. Volveré a defender nuestros intereses legítimos como antes. Y además me tiene que ayudar con Mercedes porque necesita jugar y ponerme al sol. ¡Así ella parece tan feliz!
Madness
Forever young (2010)
Album The Libery of Norton Folgate
Cuando fui joven las noches y los días eran largos
y los días tan intensos como los girasoles al sol.
Permanece joven para siempre,
antes que el paraíso se pierda 
y la inocencia se marche.

                           


The Artist
(Michel Hazanavicius, 2011)
Genial película francesa de cine mudo
con el gran actor canino Uggie



domingo, 19 de junio de 2016

Domingo y los tulipanes amargos

El conquistador suave

Domingo conocía bien el negocio de la ferretería. Los clavos eran su especialidad. El día que un viajante de Jaén le quiso vender los primeros clavos sin cabeza no dejó que le engañaran. “Los clavos sin cabeza no existen” sentenció. Y el viajante de Jaén, quien además también vendía ropa de bebé, se marchó de la tienda a visitar otras tres ferreterías ese mismo día.

Conocía también Domingo todas las modalidades de baile de salón. Los sábados por la tarde su señora y él visitaban un gran recinto donde muchos matrimonios se divertían practicando y exhibiendo todo lo aprendido en las clases semanales. Las chicas que iban a clase en el turno de noche ironizaban con sus pantalones grises que ocultaban el vientrecillo redondo de Domingo. Su señora asistía a clase en el turno de mañana. A él le gustaba halagar a las compañeras de clase “Qué amable es Domingo” decían las chicas. “Qué contentas se ponen con cualquier cosa que les digo. En cuanto yo quisiera tendría una aventura con la chica que eligiera” pensaba él.

En las clases, los profesores asignaban las parejas para que nadie se sintiera excluido. Domingo tomaba a sus compañeras por la cintura como un padre. Al principio, sus manos castas creaban confianza en sus parejas de baile. Por eso ellas no imaginaban la fruición con que esperaba Domingo el momento de ensayar el tango. Fue después de unos cuantos tangos cuando todas coincidieron en su opinión: “Domingo está salidísimo” y por eso rehuían a Domingo y su pecho pequeño y estrecho. Además bromeaban cada clase con la mala fortuna de aquella compañera que fuera asignada a las manos temblorosas y cándidas de Domingo.


La soberbia humilde de los clavos

La ferretería que había en una calle paralela a la suya empezó a vender clavos sin cabeza. Domingo se enteró cuando una vecina le dijo que había comprado unas `puntas´ para cuadros pequeñitos porque le venían muy bien para colgar los bodegones que pintaba su marido. El viajante de Jaén había pasado por la puerta de su ferretería en varias ocasiones y Domingo siempre había sentido pena de él. Según el ferretero, vender jerseys de bebé y alcayatas era un oficio miserable. Al fin y al cabo, en su comercio había cincuenta y cuatro cajones con cincuenta y cuatro clasificaciones de artículos de metal niquelado. Tenía sartenes con patas, sartenes sin patas, parrillas de última generación y jaulas con puerta corredera. Tenía cuberterías para dotes; aceiteras con una `c´ para el aceite de la carne y aceiteras con una `p´ para el aceite del pescado; tenía pomos de cerámica, guantes metálicos protectores para carniceros industriales y un césped artificial en dos colores que quedaba muy vistoso. Y, después de enumerar los artículos que tenía en su punto de venta, siempre concluía diciendo: “y todo eso es un plus


Y un día, la ira

La mujer de Domingo lo admiraba en público, se compadecía de él en privado e intentaba que no se enfadase cuando estaba con él. Siempre iba a recogerla a clase de baile. Un día se enteró de que su señora había bailado bachata con el monitor de baile. Todas las compañeras la felicitaban porque había bailado muy bien. Domingo se interesó por esa modalidad de baile y se encaramó en un descomunal enfado cuando vio la coreografía: “O sea, ¡que juntas tus caderas con las suyas y después os movéis!” y acto seguido arrojó un plato de pimientos fritos a una pared recién empapelada con enormes tulipanes. Rompió el cristal de una puerta, rompió un costurero y tiró al suelo el mantel de la mesa con todo lo que contenía. Gritó y gritó hasta que en un arrebato de silencio, del peor silencio, de ese silencio que debe haber en el centro de los huracanes, cogió a su señora por el brazo y lo retorció hasta que lloró de dolor. Después la zarandeó y, cogiéndola por la nuca, golpeó su cara repetidamente contra un lavabo. Ya no iría más a bailar. A partir de ese día su señora odió los tulipanes, odió la música y le odió a él.

Y también a partir de eses día el pánico provocó en la señora de Domingo el peor tipo de incontinencia que se puede sufrir en el suelo pélvico y para el que no sirve un simple pañal. Caminaba con miedo por la calle por si le sucedía lo peor y alguien olía su drama. Evitaba relacionarse con sus amigas para que nadie se diera cuenta de lo que le ocurría y tardó poco tiempo en percatarse de que sus hijos habían sentido asco alguna vez.
Ella ya no volvería a reír ni a bailar. Alguna noche soñó que se enfadaba con Domingo y que se reía de sus tetillas caídas por las que ya no sentía su antigua ternura. Imaginó en alguna ocasión que se rebelaba, que le hablaba seriamente y que Domingo la entendía. Pero cuando escuchaba al aire tropezar en la boca de su marido con todo lo que albergaba esa cavidad, una ola de repugnancia le recomponía el seso. El estómago se le convirtió en la caja fuerte de todo el miedo. El miedo para comer; el miedo para reír; el miedo para dormir…. Domingo no imaginaría nunca el profundo desprecio que sentía su señora cuando le oía enumerar los artículos de sus puntos de venta y sus largas y consabidas peroratas políticas y morales. Domingo el ferretero no sería capaz de adivinar que cada punto geográfico de su persona era la mejor referencia para describir el asco.

El ferretero continuó asistiendo a sus clases de baile y mostrándose amable y paternal con sus parejas de baile. “¡Si supiérais a lo que tengo que renunciar en clase!, ¡si yo quisiera!”, decía a sus compañeros que se divertían mucho con el amable Domingo. Todas las noches, antes de regresar a casa desde las fiestas de baile de salón compraba dos pasteles almendrados para su señora. Y cuando lo veían entrar en el coche con el paquetito de pasteles todos coincidían en afirmar: “qué buena gente es Domingo
Modena City Ramblers
Bella Ciao
Canción popular italiana


La rebelión no se piensa, se empuña.

                      


Una mañana me desperté y encontré al invasor. Oh! Partisano, llévame contigo porque me siento morir. Y si yo muero de partisano tú me debes enterrar allá en la montaña bajo la sombra de una bella flor. Y la gente que pasará me dirá ¡qué bella flor! Y ésta es la flor del partisano, muerto por la libertad.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Anita, Jonás y el halcón maltés



Julie Manet y su galgo Laertes 
(Berthe Morisot, 1893)

Anita tenía tanto bigote que era imposible evitar mirarlo. Además, el carmín anaranjado se emborronaba en las arrugas verticales de sus labios y manchaba los pelos bajo su nariz. Enternecía el enorme cuello de encaje burdo de su camisa. Se lamentaba de que su marido, con quien estaba casada treinta y cuatro años, miraba a otras mujeres. Y, mientras esgrimía su monótona queja, fijaba los ojos cargados de legitimidad en los ojos de su interlocutor que mosconeaban entre su ineludible bigote y todo lo demás. ¿Por qué su marido no quería estar con ella? Anita mantenía desenfundada la espada pétrea de su matrimonio como razón contundente y suficiente para poseer el deseo de su marido. Por las noches, lloraba en casa mientras ponía en el viejo aparato de vídeo la película Cumbres borrascosas o Lo que el viento se llevó. ¡Cuánta razón compadeciente se agolpaba en el pañuelo de flores con que se limpiaba la nariz! 

Su escaso pelo formaba un casquete redondo cimentado en la peluquería con laca de resina de oso. Ese casco pegajoso dejaba ver una alopecia que Anita adornaba con su inefable rulo sobre la frente.

"No me fío de nadie que no beba,
el mundo entero lleva tres copas de retraso"

Pero con el tiempo, Anita supo abandonar la cama de clavos que había claveteado con sus quejas. Fue a partir de la noche en que se confundió de película y en lugar de Cumbres borrascosas el vídeo le arrojó a los ojos la película El Halcón maltés

Según contaban sus vecinas, Anita se había abandonado porque había dejado de ir a la peluquería para teñirse el pelo. Decían que solo se dedicaba a sus plantas y a hacer conservas de mermelada de higo. El abandono de su marido –decían- no solo obedecía a su manifiesto bigote, sino que también era el justo castigo a su dejación como mujer. 

A partir de entonces, Anita se hacía acompañar de un perro galgo de los que su marido quería abandonar cuando terminara la temporada de caza. Su perro Jonás corría por el campo con Anita y lamía la mermelada de naranja amarga que ella preparaba en su cocina. 

Hacía tiempo que Anita y su marido no dormían juntos. Cuando llegaba al cuarto que tenía detrás de la casa, ella se quitaba la camisa con puntillas, se limpiaba la cara y únicamente vestía un viejo pantalón de pinzas de su marido. Las noches de verano se sentaba en la mecedora que había bajo la higuera de su patio, se fumaba un cigarro y su perro Jonás se sentaba con ella cerca de la albahaca. 

Después de lavarse el pelo y peinar sus canas, se sentía tranquila porque había aprendido a ser feliz con su pantalón, su bigote y su tabaco. A veces tomaba una infusión de manzanilla con anís y quedaba dormida con el susurro de la radio o con el escándalo lejano de alguna verbena de barrio. Había aprendido a vivir sin su marido y, simplemente, lo olvidó.

Una noche su marido entró en el patio de Ana y reconoció al ser blanco y limpio de quien se enamoró. No era una mujer, ni era un hombre, ni era joven, ni vieja. Anita ya no era su esposa. Y por eso, ya no podría obrar con la seguridad que le proporcionaba esperar que se tumbara a ejercer de vaciadero para que él depositara su polución. Esa seguridad de lienzo rígido que implicaba la imagen de Ana tumbada fue precisamente lo que le produjo un hondo rechazo con olor a colonia de misa.

Cuando vio a Anita en su mecedora, se sintió dulcemente perdido porque se había liberado de la mujer del eterno lamento. Pero no sabía qué hacer ante la persona extraña que vivía en ese patio pequeño. Se sentía desafiado ante la mirada pequeña de ese ser que ya no lo necesitaba. Se sentía atraído por ese joven extraño con bigote y piel blanca que fumaba mientras le miraba.

Esa noche descubrió cómo sabe un beso con bigote.
Diana Krall
Boy from Ipanema




Con motivo de la celebración del Día internacional de la mujer y dentro del III Festival Miradas de Mujeres, la artista Marina Núñez comenta este cuadro titulado Magdalena Ventura con su marido también conocido como La mujer barbuda (José de Ribera, 1631)Muy interesante.